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El gobierno de Pedro Sánchez en España vivió la semana pasada una de las más complicadas de la actual Legislatura por un escándalo de espionaje que amenaza con fracturar su coalición con los partidos independentistas y la izquierda más radical.

En la sede del Congreso el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) literalmente insultó al Partido Popular (PP) que no se quedó callado. Todo derivado del espionaje a figuras del gobierno con el software Pegasus, que ya conocimos en México en el sexenio de Enrique Peña Nieto.

Bueno, en medio de ese ambiente de crispación política, resulta que esos dos partidos antagonistas, claramente ubicados uno a la izquierda y el otro a la derecha, se aliaron para aprobar la Ley de Seguridad Nacional.

¿Cómo pudieron dos partidos que recién se enfrentaron en un debate acalorado y grosero aprobar juntos una ley tan importante en el Congreso?

Simple, la iniciativa de ley socialista no estaba hecha para beneficiar solo a su movimiento político y los de la derecha entendieron que oponerse por simple oposición dañaba a su país. Así que, por motivos de Estado, PSOE y PP votaron juntos y después tan adversarios como siempre.

España está lejos de ser un ejemplo de la democracia más funcional de Europa, pero sus políticos no pierden la visión de que antes que sus intereses particulares, están las necesidades de los españoles. Y aunque no logren consensos en las formas de gobernar, sí privilegian los temas estructurales. Eso sí, que se cuiden de los radicales que rondan las urnas.

En México, desde que el PRI dejó la hegemonía del poder a finales del siglo pasado las fuerzas opositoras se dedicaron a minar a los gobiernos contrarios.

El último presidente del monopolio priista, Ernesto Zedillo, sufrió la oposición panista a su reforma eléctrica, a pesar de que tales modificaciones legales estaban en los estatutos del blanquiazul. En ese momento el PAN no respaldó una razón de Estado sólo para afectar al gobierno en turno.

Y cuando Vicente Fox subió al poder fueron los priistas los que se dedicaron una iniciativa sí y la otra también a bombardear al gobierno panista, hasta el ridículo de boicotear los presupuestos. La falta de pericia de los panistas en el poder y el sectarismo priista estancó a este país en la mediocridad de no avanzar en los temas de Estado.

Ese fue el caldo de cultivo para que creciera el populismo en México, apertrechado en una supuesta izquierda que no es sino una amalgama de doctrinas anacrónicas que obtienen más inspiración en los gobiernos dictatoriales que en los socialismos modernos del mundo.

Hoy, ya desde el poder, lo que menos priva es una visión de Estado. La supuesta transformación no es otra cosa que el intento de imposición de las ideas personalísimas de Andrés Manuel López Obrador para lograr una eternización de su movimiento en el poder.

La oposición sí se mantiene moralmente derrotada, pero al menos tiene el número suficiente de legisladores para impedir que este país caiga en un hoyo legislativo, a nivel constitucional, que lo hunda para siempre como a Venezuela.

Hoy en México no estamos nada cerca de los buenos y acalorados debates legislativos entre antagonistas, pero que al final se puedan unir para realmente sacar adelante a este país.