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Hoy es un día de festejos para la empresa de energía Iberdrola porque la venta de 13 plantas de generación de electricidad al régimen de Andrés Manuel López Obrador le resuelve muchas cosas a la compañía española.

De entrada, le pone en la bolsa 6,200 millones de dólares que esta energética puede ir a invertir a cualquier parte del mundo donde haya incentivos para las inversiones privadas en energías limpias.

Además, como 12 de esas plantas son de ciclo combinado, y por lo tanto usan combustibles fósiles para funcionar, Iberdrola logra con su venta deshacerse de infraestructura contaminante que le ayuda a cumplir con los estrictos estándares europeos de descarbonización que tienen como compromiso las empresas energéticas de ese continente.

Consigue, y no es poca cosa, que López Obrador los deje de acosar como lo hizo sin descanso durante buena parte de su sexenio. Como ahora son la empresa que les permitió “nacionalizar” la electricidad, ya son de los buenos en el catálogo maniqueo del Presidente.

Quien pierde y mucho es el país. Son 13 plantas de generación de energía eléctrica, con todo y un parque eólico, que operan bien, vamos no compran chatarra, pero que en realidad no aportan nada más a la energía eléctrica disponible para este país.

La misma cantidad que generaban esas 13 plantas bajo la tutela privada de Iberdrola deber ser la misma que generen ahora bajo el yugo de la Comisión Federal de Electricidad, con el riesgo de que las condiciones sindicales pongan en peligro la productividad.

Es muy mala noticia para las finanzas públicas que se tengan que destinar el equivalente a 110,000 millones de pesos para comprar esas plantas que no aportarán nada más al flujo energético del país. Y si bien se “ahorran” el pago del producto, se compran el riesgo de cualquier contingencia.

Todo esto es una forma cara de alimentar los dogmas de López Obrador quien se ha empeñado en arrastrar al sector energético mexicano hacia un escenario de fragilidad por su empeño de revivir los monopolios del Estado del siglo pasado con cargo al erario.

Mientras López Obrador tenga acceso a las arcas públicas y se le atraviesen días festivos, continuarán las ocurrencias nacionalizadoras. Por ejemplo, el pasado Día de la Bandera, marginó a sus experimentados socios de Mitsubishi, con 1,500 millones de pesos en indemnización, para nacionalizar la empresa Exportadora de Sal, de la cual ya tenía el gobierno mexicano 51 por ciento.

Lo que debería hacer López Obrador, en lugar de devastar las finanzas públicas, es alegrarse de que se mantengan las inversiones privadas, que confían en México a pesar de los riesgos populistas.

Lo mismo empresas nacionales, como Gruma que anunció una inversión de 792 millones de pesos para construir una fábrica de su subsidiaria Misson Foods México en Puebla y con ello generar 440 empleos directos, básicamente para mujeres.

También, un jefe de Estado, que entienda algo más que sus caprichos, debió festejar y dar la bienvenida a la noticia de la construcción de un Centro de Datos de Amazon Web Services en Querétaro, con una inversión de 5,000 millones de dólares.

Pero López Obrador no los tomó en cuenta, porque no es capaz de ver más allá de él mismo.