Este fin de semana en San Francisco, California el precio promedio de la gasolina regular alcanzó los cinco dólares por galón, que con el tipo de cambio actual de 21 pesos por dólar implica pagar 26 pesos por litro.

El precio promedio de la gasolina regular en Estados Unidos fue, durante este pasado fin de semana, de 19.84 pesos por litro, mientras que, en Texas, de donde importamos las gasolinas a México, el precio promedio fue de 17.30 pesos por litro.

En nuestro país, el precio promedio de la gasolina Magna, que es lo más parecido a la gasolina regular de allá, tuvo un precio promedio de 21.11 pesos por litro durante este pasado fin de semana.

No debería haber mayor complicación para entender la situación global que nos lleva a tener esos precios de los combustibles. La invasión de Rusia a Ucrania ha distorsionado muchos mercados, entre los principales está el de los hidrocarburos.

El precio del barril de crudo ha subido de 92 dólares en la víspera de la incursión militar a los 113 dólares del viernes. Los futuros de la gasolina refinada han subido más de 50% en lo que va de año.

Rusia, con el cuarto ejército más grande del mundo y con un gobernante autócrata con pocos controles, desató una guerra en Europa, amenaza a occidente con sus armas nucleares y de paso es el segundo productor de petróleo crudo y gas del mundo.

Debería quedar perfectamente claro que estamos en medio de una crisis mundial que explica por qué el peso se ha depreciado de 20.20 a 21 en menos de dos semanas y por qué siguen subiendo los precios de las gasolinas y el gas que usamos cotidianamente.

Pero no, resulta que esos dos precios, el del dólar y el de los energéticos, son banderas políticas del actual régimen y por lo tanto se han convertido en indicadores del éxito o del fracaso de la 4T.

Resulta curioso que otros productos como el pan o las tortillas escapen a esa atención política de las mañaneras. Esos sí que son productos populares y vaya que han resentido el impacto de la guerra, pero Andrés Manuel López Obrador no les hace caso.

El Presidente prometió que bajarían de precio las gasolinas y evidentemente no sucedió. Después aseguró que subirían lo mismo que la inflación y la realidad es que en dos años han subido 40%, porque el comportamiento de estos precios no tiene nada que ver con un índice general de inflación.

La promesa política de la 4T trata de sostenerse con la válvula del Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS), que aligera la cuenta a los automovilistas, pero implica la perdida de miles de millones de pesos para las arcas públicas. Hoy sólo se cobra 15% de ese gravamen.

Con el mercado mundial de los energéticos como se ve hasta hoy, con esos precios cada vez más altos de las gasolinas que importamos, hay dos posibilidades: o explican en la mañanera a su clientela política que no pueden cumplir con sus promesas en torno a los precios de las gasolinas o regresamos en México a los subsidios, al utilizar recursos del gasto público, para que se cumpla ese absurdo capricho político.