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La economía y las finanzas no son el fuerte del presidente Andrés Manuel López Obrador. Y sus secretarios de Hacienda no son tan fuertes como para hacerlo entrar en razón cuando toma malas decisiones en esas materias.

Y si en algo se deja llevar López Obrador por sus dogmas es en los temas energéticos.

Este régimen ha tenido errores costosísimos para la confianza de las inversiones, como la cancelación del Aeropuerto de Texcoco. Pero las que tienen que ver con el petróleo, sus derivados, y la electricidad son las que pueden acabar por acumular una bomba de tiempo para las finanzas públicas.

Dos Bocas, la refinería en los pantanos de Tabasco, fue una mala decisión que quedará expuesta con el tiempo.

La contrarreforma eléctrica, que pretende arropar la falta de productividad de la Comisión Federal de Electricidad, está en ese tránsito legislativo y si bien podría ser frenada por las importantes presiones de Estados Unidos, ha provocado en el trayecto el congelamiento de decenas de miles de millones de dólares en inversiones.

Y otra muy costosa obsesión presidencial con los energéticos tiene que ver con el precio de las gasolinas.

La 4T no sabe de finanzas, pero son expertos en propaganda y campañas electorales, y las gasolinas son uno de los instrumentos de guerra política que mejor resultado les dieron para desgastar al gobierno de Enrique Peña Nieto.

Ayotzinapa, Casa Blanca y gasolinazo fueron tres de los ejes principales de ataque para conseguir lo que tanto quería López Obrador, el poder presidencial.

Y hoy el régimen enfrenta violencia, masacres y desapariciones en mayor escala que el sexenio pasado. Hoy la casa ya no es Blanca, es Gris y con una enorme alberca que hace insostenible el discurso de pobreza franciscana del Presidente.

Así que sólo le queda enarbolar la bandera de repudio a los gasolinazos que López Obrador ha jurado y perjurado que no se repetirán.

Su clientela política le perdonó negar que había prometido bajar el precio de las gasolinas, pero le recuerdan que prometió que no subirían sus precios más allá de la inflación. Y esta es ahora la obsesión energética más peligrosa del Presidente.

Ya el año pasado, con una incipiente recuperación económica tras el confinamiento de la pandemia y antes de la invasión de Rusia a Ucrania, le implicó a las finanzas públicas dejar de recaudar más de 100,000 millones de pesos en impuestos especiales a las gasolinas para controlar el precio.

Hoy hay un “gasolinazo” mundial, pero la palabra presidencial le implica al país sacrificar toda la recaudación del impuesto especial, más la pérdida de recaudación en otros impuestos, que habrán de implicar para el país un boquete fiscal de enormes proporciones.

La economía crece menos, el gasto público aumenta, se sacrifican ingresos fiscales en las gasolinas, estamos en un escenario de altas tasas y alta inflación. Todo esto apunta a un camino de mayor déficit de las finanzas públicas que habrá de aumentar el endeudamiento.

López Obrador hizo una promesa desde su ignorancia financiera y ahora su empecinamiento nos va a salir muy caro.

Y al final, se incubará una crisis que dañe a todos y que los agraciados automovilistas que hoy queman cientos de miles de millones de pesos en subsidios no se lo van a agradecer en las elecciones.