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Había una vez un país en donde un asunto político menor, como la renuncia de un secretario de Gobernación, era suficiente para provocar la compra masiva de dólares y presionar la cotización de un peso anclado a una paridad fija.

Ese era México hace no tantos años, cuando los controles estatales en la economía y las finanzas dieron forma a la gran crisis de mediados de los años 90.

Este país aprendió muchas cosas tras ese fracaso. Lo mismo un banco central autónomo, que una moneda en libre flotación o bien la ciudadanización de los procesos electorales para hacerlos confiables y transparentes.

Es de esos traumas del pasado que arrastramos muchos temores y aprendizajes a los tiempos recientes.

Aprendimos el valor de la democracia y por eso millones de personas salen a las calles a defender el voto libre y efectivo, para no tener que vivir otra vez a un Manuel Bartlett tirando el sistema para torcer los resultados electorales.

Pero también vivimos con los temores de reincidir en los errores económico-financieros del pasado que deriven en una crisis.

Por ello, el crecimiento de la deuda pública, la caída de los niveles de inversión, el aumento del déficit público y el riesgo que implica Pemex para las finanzas públicas, son temores fundados de analistas traumados con las crisis del pasado.

Pero hay otro temor que no deja de estar presente en los sentimientos nacionales y es el de una devaluación. Vamos, hoy habría que llamarla depreciación acelerada del peso frente al dólar.

Es un hecho que ya quedaron en la historia los días de la moneda atada a una paridad fija, que la volvían vulnerable a cualquier choque.

Pero no se han disipado del todo los temores de los primeros años de una moneda que se estrenaba en el mundo de la libre flotación.

El peso libre en su juventud era vulnerable y una presa fácil de la especulación.

A lo largo de estas décadas el peso fue presa de algunos episodios especulativos que hicieron de la moneda mexicana un instrumento de ganancias financieras, pero con una factura para el resto de la economía.

Hoy podríamos ya estar en otra fase del peso mexicano que hay que acabar de entender y cuidar.

El peso es hoy una de las monedas emergentes más operadas en los mercados financieros y se ha ganado un respeto mundial entre las divisas.

Eso no le quita la posibilidad de presentarse como un instrumento para obtener ganancias especulativas.

El peso ha encontrado razones estructurales para ser una moneda fuerte: el cambio en las políticas monetarias, la debilidad del dólar, la entrada de inversión extranjera de portafolios y directa, el saldo histórico de las remesas, entre otros.

Hay forma pues de explicar la fortaleza cambiaria y todo sin daños aparentes a las exportaciones, que suele ser un argumento recurrente en contra del “súper peso”.

Sin embargo, lo que hemos visto en las últimas horas ya empieza a rayar en el terreno especulativo. El anuncio de una inversión que tardará años en llegar, como la de Tesla, más un creciente apetito por el riesgo, tras algunos datos de la economía china, han abonado a buscar la ganancia fácil.

Ya nadie se atreve a ponerle piso a la paridad peso-dólar, pero cuando llegue la corrección veremos qué tan maduro es este mercado cambiario.