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Andrés Manuel López Obrador boicoteó la Cumbre de las Américas de junio pasado en Los Ángeles, California, porque no lo dejaron llegar acompañado de los dictadores de América Latina.

Pero ahora que en enero reciba en México al presidente de Estados Unidos, Joe Biden, y al primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, el Presidente mexicano se hará acompañar de esa agenda que impulsa su régimen en la que cree que la democracia no importa en un proceso de integración continental.

Después de la carta que envió López Obrador este lunes a Joe Biden, seguro que, en La Casa Blanca y en la sede del gobierno canadiense, se deben preguntar cuál es el objetivo de viajar a México para escuchar el mismo monólogo que ya le conocen del mandatario mexicano.

La respuesta debe ser que, más allá de sus personas y los tiempos de duración de sus mandatos, hay una relación trilateral que mantener, aun en estos momentos en los que el régimen mexicano impone dificultades en el comercio, el medio ambiente y hasta en la vida democrática interna.

Hay una palabra que el régimen de López Obrador empieza a usar con inusual frecuencia en todas sus comunicaciones con Estados Unidos y es soberanía. Claro, ha sido uno de sus lugares comunes favoritos, por ejemplo con el incumplimiento del acuerdo comercial por su visión estatista del sector energético, pero cada vez insiste más en ese concepto.

Parece ser que le quedará muy a la mano eso de la defensa de la soberanía cuando eventualmente concrete el golpe legislativo a la democracia a través de minimizar a las instituciones electorales y quede expuesto ante el mundo que las elecciones libres en México están en un peligro real.

También incluye en la carta a Biden aquello de la autodeterminación de los pueblos, el problema es que lo escribe en la carta a Biden el mismo día en que se entromete sin máscaras en los asuntos internos de la política de Perú.

La última vez que se reunieron los tres mandatarios, en noviembre del año pasado en La Casa Blanca, el resultado fue un catálogo de muchas buenas intenciones, pero todas centradas en América del Norte.

Ahora López Obrador quiere poner en el centro su sueño de integración americana sin que importe si los socios son dictaduras o no.

Lo que queda claro es que durante las próximas cuatro semanas previas a la cumbre de América del Norte en México habrá que ver la evolución de al menos dos temas básicos.

El primero, si realmente el régimen mexicano tiene interés en corregir sus agravios en materia energética que han provocado daños a las empresas de ese sector de los dos países del norte o bien si pasada la cumbre se instala el panel del T-MEC y las previsibles sanciones.

El segundo asunto que podría generar una reacción de Biden y Trudeau es el paquete de cambios legales que haya eventualmente logrado López Obrador para apoderarse de las elecciones y sus resultados. No es algo que dejarían pasar tan fácilmente frente a López Obrador.

Así que, la reunión de enero de los tres mandatarios de América del Norte pinta para ser muy diferente a las que hemos visto anteriormente.