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Las economías del mundo enfrentan altos niveles de inflación que han afectado en especial a los países emergentes con altos precios de los alimentos.

Estamos en una pandemia que no ha terminado y que ahora vuelve a reportar repuntes en los contagios que amenazan con nuevas parálisis en este invierno.

Hay una crisis energética en Europa, se mantiene la amenaza de extender a ese Continente la guerra por la invasión a Ucrania, la tensión entre China y Estados Unidos está en un punto muy alto y, de paso, hay la amenaza de una nueva recesión global.

¿Dónde está el Presidente de México en medio de este tenso escenario global? En su permanente descalificación de aquellos otros mexicanos que no se apegan a su voluntad.

Andrés Manuel López Obrador debería estar hoy en Bali, Indonesia, donde se lleva a cabo la cumbre de las 20 economías más desarrolladas del mundo, grupo del que México forma parte.

Es una obligación del jefe de Estado atender esos temas globales, sobre todo en el entendido de que México es uno de los países con más acuerdos comerciales con el mundo y por la importancia de tomar parte en los temas que hoy son centrales para la humanidad.

Pero no, Andrés Manuel López Obrador está ocupado en su agenda mañanera de ataques a cualquiera que se oponga a su intentona de destruir las instituciones democráticas del país.

Como siempre, ha delegado sus obligaciones exteriores al canciller Marcelo Ebrard, quien tiene las calificaciones y habilidades para representar a México, pero no tiene la representatividad de un jefe de Estado para tomar decisiones.

Solo puede escuchar, tomar nota y llevar el recado a quien ostenta la representación democrática de ser el titular del poder Ejecutivo electo por la mayoría.

Llama la atención que aun con esa carencia de ser empleado del Presidente, Ebrard fue protagonista de un momento de cercanía con el gobierno de Estados Unidos que solo se ha visto con el canciller.

No fue en la reunión del G20 sino en la cumbre del cambio climático, la COP27 en Egipto.

Seguro que a más de uno le llamó la atención, y hasta le molestó, la forma como el encargado para el clima de la Casa Blanca, John Kerry, se mostraba vigilante, de pie, junto al secretario Marcelo Ebrard, mientras que el mexicano daba cuenta de los compromisos de nuestro país para frenar el cambio climático.

Fue un anuncio importante el hecho de que México se comprometiera a incrementar su baja de emisiones de efecto invernadero de 22 a 35% hacia el 2030.

Kerry veía fijamente a Ebrard mientras hablaba, le pedía agregar alguna información que había omitido el mexicano en su discurso y claramente avalaba lo que decía el canciller.

Eso pasó de noche en México porque estamos metidos de lleno en una defensa social de los derechos democráticos y en la estridencia agresiva de la respuesta presidencial.

Pero lo que hizo Ebrard fue comprar tiempo con el gobierno de Joe Biden con ese importante anuncio, tiempo incluso en las disputas comerciales.

Además, queda clara la comodidad del gobierno de Washington del trato que pueden tener con el canciller de un gobierno con el que evidentemente mantienen una tensa relación.

Ebrard fue protagonista de un momento de cercanía con el gobierno de los Estados Unidos en la cumbre del cambio climático, la COP27 en Egipto.