Los precios de los alimentos no ceden en su ritmo de aumento a la par que el costo del dinero ralentiza las economías y hace complicado servir a las deudas de las familias, las empresas y los países más pobres
Estados Unidos puso fin a la fase de emergencia por la pandemia de Covid-19 y el gobierno de México quiere jugar a “lo que hace la mano, hace la tras” y estamos a punto de dejar también esa emergencia sanitaria, aunque la Organización Mundial de la Salud no tenga la misma prisa que los políticos.
Lo cierto es que en la vida cotidiana se había dejado ya atrás la emergencia. Pocos usan el cubrebocas y el régimen de López Obrador acabó con la vacunación de facto cuando importó una vacuna cubana sin avales internacionales, pero que ayudaba económicamente a la dictadura.
En lo económico, la pandemia ha dejado efectos graves en una especie de secuelas de un Covid-19 largo que todavía no encuentran la cura. Además, otras “enfermedades” geopolíticas como la invasión de Rusia a Ucrania que han complicado el panorama de la economía global durante esta década de los veinte.
La expectativa era tener otra suerte en esta década tras la pandemia. El sociólogo de la Universidad de Yale, Nicholas Christakis, anticipaba que después de la emergencia por la pandemia vendría un destape hedonista, con excesos y despilfarros, a partir del año 2024, tal como ocurrió en la segunda década del siglo pasado, tras todas las calamidades que acompañaron al inicio del siglo XX.
Sólo que en lo que preparamos el destrampe, que debería iniciar en poco más de ocho meses, hay que lidiar con una serie de condiciones económicas y políticas que amenazan con que el fin de la pandemia de la Covid-19 no sea el final de las secuelas para el mundo.
La recuperación económica es incierta, los altos niveles inflacionarios no ceden, puede haber consecuencias serias por las medicinas monetarias y de paso está en duda la salud de los sistemas bancarios.
En lo político, la mala condición económica de amplios sectores de la población de muchos países es el caldo de cultivo perfecto para populistas, extremistas y regímenes autoritarios que solo llegan a descomponer más las cosas.
El Fondo Monetario Internacional acepta que esperaban una recuperación robusta de la economía global que no va a llegar. Tres por ciento de crecimiento global es lo máximo que estima este organismo durante el siguiente lustro.
La inflación, esa que no pocos vieron como un fenómeno pasajero a principios del 2021, sigue presente en la mayor parte del mundo con un componente que amenaza con hacerla más difícil de controlar: el corazón de los precios, la inflación subyacente, está contagiada.
Los precios de los alimentos no ceden en su ritmo de aumento a la par que el costo del dinero ralentiza las economías y hace complicado servir a las deudas de las familias, las empresas y los países más pobres.
Y, de paso, las crisis bancarias en Estados Unidos y Europa nos recuerdan que los sistemas financieros tienen fragilidades que se pueden esparcir y descomponer todo muy rápido.
Christakis anticipaba para el 2024 mucha fiesta, sexo desenfrenado, mucho dinero gastado, todo como respuesta al encierro y las limitaciones de la pandemia.
Después, hablaba de las consecuencias económicas e inflacionarias de esas conductas destapadas. O bien hay que esperar más tiempo para que llegue la pachanga o quizá sólo nos quedamos con las facturas económicas y sin la fiesta.