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La paridad del peso frente al dólar es muy importante para la economía mexicana por la estrecha relación que hay con Estados Unidos y tiene una carga sociopolítica adicional por esa manía de muchas décadas de hacer de la moneda mexicana una especie de símbolo patrio.

Hoy, la relación peso-dólar no tiene nada que ver con lo que era el siglo pasado cuando en un país cerrado se mantenía una paridad fija en un país que comerciaba poco, pero se endeudaba mucho con el exterior.

La bandera de las grandes crisis del último cuarto del siglo pasado fue la de las devaluaciones. A la par de la pérdida cambiaria, se derrumbaba el Producto Interno Bruto, se disparaba la inflación y el desempleo. Pero ahí quedaba para el recuerdo cómo pasaba el dólar de los 12.50 a los 24 pesos, después a los 100, a los 1,000 y después, con tres ceros menos, siempre en constante ascenso.

Con los cambios financieros profundos de finales del siglo pasado ganamos una paridad libre que ha madurado hasta lo que tenemos hoy, un tipo de cambio sólido que reacciona más a las condiciones del mercado, sí también al estado de la salud financiera mexicana, pero menos a la condición política interna.

Ese tipo de cambio maduro hoy nos da una muestra de cómo, bajo la amenaza creíble de daños a la economía mexicana por parte de Donald Trump y la pandemia, la cotización pudo superar los 24 pesos por dólar en marzo del 2020 y después regresar a los actuales 17.50 pesos por dólar de ayer.

No hay ningún triunfo del régimen actual en esa paridad, al contrario, la economía mexicana muestra su resiliencia ante un gobierno que está cerca de pisar la línea roja de la ilegalidad.

Tasas de interés altas, una economía con grado de inversión, un mercado líquido de fácil acceso y, sobre todo, un dólar estadounidense débil frente a la canasta de divisas del mundo.

Un peso fuerte abarata las importaciones, pero encarece los productos mexicanos en el exterior. Cobrar sólo 17.50 pesos por cada dólar que envían los migrantes disminuye el poder de compra de los receptores en nuestro país.

El dólar a estos precios aligera las deudas en denominación extranjera y fomenta la salida de capitales, pero hace cara la inversión extranjera. Todo aderezado con altas tasas de interés que sesgan el costo de oportunidad.

Lo que hay que atender es que Estados Unidos ha consolidado un regreso rápido a niveles inflacionarios más controlados que otra vez marcan un diferencial del avance de los precios con la economía mexicana que tiene que ser eventualmente reflejado en la paridad cambiaria.

En medio están las políticas monetarias, claro, pero éstas también tendrán que ajustarse en esa realidad.

Lo que hay que tener muy claro es que ese precio del peso va a cambiar y los dólares eventualmente van a subir. Ante ese inevitable movimiento del mercado habrá que tomarlo como lo que es y no sentir que se mancillan los símbolos nacionales que nos remuevan los traumas de las devaluaciones del siglo pasado.