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No le hablen al presidente López Obrador de los indicadores de desempeño económico, de combate a la pobreza o de inseguridad pública. Si alguien quiere angustiar al líder del régimen, acérquenle las cifras a la baja de su popularidad.

No hay duda de que López Obrador es un personaje popular por su carisma, no por sus acciones de gobierno que se mantienen permanentemente reprobadas. Pero con todo y ese respaldo de su clientela política, lleva al menos un mes de una caída consistente en sus niveles de aceptación.

El #AMLOTrackingpoll de El Economista y Consulta Mitofsky revela que, en un mes, del 18 de marzo al 18 de abril, la aprobación de la gestión presidencial bajó de 61.9 a 58.3 por ciento.

Esto debe tener preocupado a un régimen que tiene como única prioridad la conservación del poder.

Por eso, con el manual de propaganda bajo el brazo y con la selección de candidatos presidenciales ya tan cerca, parece que empezó el momento de echar el resto con miras a no arriesgar los resultados electorales del 2024.

Por una parte, siguen al pie de la letra los principios de la propaganda goebbeliana y, bajo el principio de la transfusión, el régimen echa mano del antiyanquismo de muchas izquierdas latinoamericanas para enderezar ataques frontales contra el gobierno de Estados Unidos.

Y, por otra parte, el régimen busca un necesario control de daños ante las evidencias de que en eso de los casos de corrupción no son iguales a los gobiernos pasados, sino que son peores. La misma encuesta de seguimiento a la popularidad presidencial indicaba, en el recuento de marzo, que 79% de los consultados consideraba que en el gobierno de López Obrador hay mucha o regular corrupción.

El problema es que ahora López Obrador tiene que sacar la cara por actos de abuso y opacidad en la institución estrella de su régimen: el Ejército.

Los viajes irregulares y los excesos del general titular de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), Luis Crescencio Sandoval González, están tan detallados y documentados que no se merecieron ni siquiera el intento de desmentirlos.

Y ahora la propia Sedena se negó a cumplir con una orden del Inai para transparentar la compra y el uso del software de espionaje Pegasus.

Así que, ante esa crisis, la respuesta extrema ha sido juntar la transfusión de azuzar el relato del imperialismo yanqui con el manto protector al cuestionado Ejército Mexicano.

Ahora, del otro lado, está claro que la paciencia del gobierno estadounidense llegó a un punto de muy baja tolerancia con el régimen mexicano. Llevamos varios días de filtraciones en la prensa de ese país y de decisiones tan contundentes como perseguir a “los Chapitos” que dan un pretexto a la reacción del régimen mexicano.

López Obrador decidió cerrar toda información de las fuerzas armadas porque a su parecer lo está espiando el Pentágono. Ahí están los dos pájaros de un tiro ante la desesperación de ver que se desmorona el mito de la 4T.

El problema es que escalar un conflicto artificial con Estados Unidos puede tener consecuencias negativas para las actividades económicas tan estrechas con ese país y cumplir así el otro gran temor de este sexenio, acabar con una crisis económica.