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¿El gobierno de Andrés Manuel López Obrador quiere crear una crisis comercial con Estados Unidos y Canadá, que paguen los exportadores mexicanos pero que le den a su régimen una bandera de defensa de la soberanía frente a los intereses imperialistas yanquis?

Si realmente el gobierno mexicano hubiera querido desactivar la amenaza de llevar a este país a un panel de solución de controversias por las violaciones al T-MEC en materia energética, ya hubieran respondido de forma positiva.

Es tan sencillo como hacer valer los contratos con las empresas canadienses y estadounidenses del sector energético, simplemente cumpliendo con la Constitución mexicana y con respetar la letra del acuerdo comercial norteamericano que avaló el régimen de López Obrador.

Han demostrado en Estados Unidos, y así lo han puesto sobre la mesa los negociadores, que hay trampas del gobierno, como no publicar en el Diario Oficial las reglas para la participación de los particulares, para bloquear a las empresas nacionales y extranjeras del sector energético.

Realmente no hay mucho que negociar cuando López Obrador no ha cambiado su postura y cree que Estados Unidos y Canadá tienen que entender sus razones y punto.

Que el Presidente mexicano tuviera la sensatez de aceptar que lo que vale es la ley y el acuerdo comercial trilateral, que él avaló, es visto por su régimen como una derrota política que difícilmente se va a permitir.

Así que, tal parece que la única pregunta que queda pendiente de respuesta es si Estados Unidos y Canadá se aguantarán para llevar a México a un panel de solución de controversias por el tema energético hasta después de la cumbre de líderes de Norteamérica del 9 y 10 de enero próximos.

El régimen de López Obrador ha hecho todo para ganar tiempo, cambiar de secretarias de Economía, perder las preguntas de Estados Unidos, extender las pláticas a una tercera ronda de negociaciones en enero, en México.

Parece que quieren solo que llegue ese gran día en el que López Obrador confronte a los líderes del imperialismo y defienda la soberanía mexicana como la entiende la Cuarta Transformación, con el aplauso rabioso de sus seguidores.

A estas alturas queda claro que este régimen no tiene límites para sacar ventaja propagandística de todo y un eventual diferendo con Estados Unidos y Canadá, que derive en sanciones económicas a México, nutre a su movimiento con uno de los discursos favoritos del populismo latinoamericano, el de enfrentar la opresión imperialista.

El daño a las empresas energéticas de los dos socios del norte es importante, se han incumplido contratos multimillonarios que implicarían sanciones muy elevadas que tendrían que pagar los exportadores mexicanos.

No hay manera de que el régimen de López Obrador pudiera ganar un panel en el marco del TLCAN en materia energética porque el conflicto responde a una clara negativa personalísima del Presidente mexicano de cumplir con lo que dicen las leyes.

Y a ese conflicto que no está lejos de estallar se suma otro en materia de importación de maíz amarillo que está creciendo de forma exponencial, que también tiene que ver con creencias del Presidente y no con argumentos científicos.

Parece que han optado por una ruta peligrosa de hacer propaganda.