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Parece mentira que un político tan obsesionado con el juicio de la historia haya hecho todo lo posible por hacer obras de infraestructura que habrán de condenarlo a un mal recuerdo.

Sus tres proyectos emblemáticos encontraron oposición desde un principio, incluso por parte de muchos de sus más cercanos colaboradores. Tanto que los opositores internos tuvieron que dejar sus puestos ante el previsible desastre que se avecinaba con el Tren Maya, la refinería de Dos Bocas y el aeropuerto de Santa Lucía.

En ninguna de las tres obras salen las cuentas. La refinería ha costado más del doble, sigue sin refinar y siempre se vio como una estrategia innecesaria para las necesidades de Petróleos Mexicanos.

El Tren Maya, devastador del medio ambiente, tendrá que vivir bajo el paraguas de los subsidios gubernamentales el tiempo que logre funcionar en el futuro.

Y el emblema del capricho fue la cancelación del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM), que no solo estaba cercano a sus clientes, sino que además tenía un esquema de autofinanciamiento que hacía de esa obra de infraestructura pública un negocio funcional y previsiblemente rentable.

Pero no, el hecho de haber sido un proyecto que recordaría a Enrique Peña Nieto como presidente de México y haber dejado fuera del negocio a su constructor favorito llevaron a Andrés Manuel López Obrador a tomar una decisión que hará que la historia lo recuerde y no en los mejores términos.

La cancelación del NAIM para parchar una terminal militar aérea lejana e inviable como Santa Lucía, ciertamente le permitió a José Manuel Riobóo, constructor amigo de López Obrador y esposo de la ministra plagiaria Yasmín Esquivel, hacer que su proyecto se hiciera realidad.

Pero en términos sobre todo de seguridad aérea, además de operativos, comerciales y financieros fue una decisión altamente irresponsable.

Este régimen es básicamente un acto de fe y los seguidores de López Obrador nunca dejarán de aplaudir todo lo que haga y lo que diga, aunque ahora sepan que la cancelación del NAIM y la construcción del llamado Aeropuerto Felipe Ángeles les va a costar dinero de su bolsillo, aunque nunca tomen un avión.

EL NAIM, que no sólo sería un aeropuerto local sino un centro de distribución de vuelos comerciales para todo el Continente tenía un plan de negocios de financiarse con la Tarifa del Uso de Aeropuerto (TUA).

Pero en las maromas financieras para su cancelación, se traspasó toda la carga financiera al antiguo aeropuerto de la capital que tendría que destinar su propio ingreso por TUA a pagar los bonos emitidos para liquidar a los constructores del NAIM.

Esa bestialidad financiera sólo provocó que el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM), que ya enfrentaba un deterioro enorme entrara en una crisis que lo mantiene al borde del colapso.

Y así, sucederá lo que tenía que pasar. Ahora mismo se analiza el mecanismo para que se pueda liberar de esa presión financiera al AICM, devolverle el usufructo de su propio TUA para que sobreviva y convertir esa deuda que es privada en deuda pública.

Así, los ciudadanos usen o no usen los aeropuertos, aplaudan o no aplaudan a este régimen, tendrán que pagar por los caprichos del Presidente.