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Lo que no ha ocurrido a lo largo de este año tras la invasión ordenada por Vladimir Putin a Ucrania es algún accidente o provocación que involucre a los países de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en una guerra inevitablemente mundial.

La posibilidad existe y se mantiene como uno de los grandes temores globales, a pesar de que hay menos atención de la opinión pública que ha incorporado esta agresión continuada a su vida cotidiana.

Sin embargo, las circunstancias pueden cambiar rápidamente y se pueden sumar más actores a este conflicto bélico.

Lo que sí hemos visto a lo largo de este año es el final de la tregua por el fin de la Guerra Fría. Tras el final de la Segunda Guerra Mundial, dos potencias decidieron apuntarse unos a otros sus armas nucleares y hacer que el mundo viviera con esa amenaza constante.

La caída de la URSS en los 90 aligeró esa amenaza, hasta ahora. Lo complicado del riesgo actual es que son tres potencias, Estados Unidos, Rusia y China, apuntándose unas a otras con ese tipo de armamento atómico y con una serie de jugadores menores que también tienen en su arsenal ese tipo de misiles.

Es un riesgo que China pudiera proveer armamento a Rusia y automáticamente complicar el escenario bélico global, pero mientras el régimen chino decide dar ese paso, ha dado un soporte fundamental a Rusia que lo ha blindado de los efectos de las sanciones comerciales de occidente.

Europa, un año después, mantiene un lastre económico por la dependencia que tenía de los energéticos rusos. No ha sido fácil suplir esa proveeduría que obtenían de Rusia.

Difícilmente los europeos podrán regresar a la comodidad de esos combustibles rusos. Más bien, tienen que apurarse a cambiar su matriz energética y tratar de salir delante de esa crisis lo más rápido posible.

Mientras que, del otro lado, Rusia ha tenido que aprender a vivir sin McDonald’s, pero ha encontrado en China y en India un mercado enorme para la exportación de su gas y petróleo.

Los precios de los energéticos no han bajado tan rápido como sí ha sucedido con los precios de los granos, que también subieron inicialmente casi 90% en sus precios.

El precio del petróleo se mantiene defensivo en los mercados porque la guerra sigue, porque se puede extender y porque el mundo está en proceso de recuperación económica tras la pandemia. Todo en un ambiente globalizado de alta inflación.

A un año de la agresión rusa no hay que olvidar que un país sufre los ataques que matan a su gente y destruyen sus casas y sus calles.

Nuestra distancia física de las zonas de combate y el tener que padecer un gobierno obtuso que respalda al invasor no nos debe hacer olvidar que hay un país abusivo con intenciones de arrebatar parte de su territorio a otro país en pleno Siglo XXI.

Y, sobre todo, ver con claridad que algún accidente militar, una pequeña provocación, puede derivar en un conflicto global que afecte la estabilidad y la economía mundial.