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Ni las remesas, ni el nivel del peso frente al dólar son muestras de un buen gobierno, no pueden ser las bases del discurso de un supuesto éxito económico para iniciar este quinto año de gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador.

Los verdaderos referentes de la condición económica del país tienen que ver con aquellos indicadores que se mantienen positivos a pesar del nivel de destrucción de la confianza de la 4T y los que definitivamente son focos amarillos y rojos durante los próximos 670 días que le quedan, constitucionalmente, al sexenio actual.

La Inversión Extranjera Directa, el turismo, las exportaciones no petroleras, el nearshoring, son prácticas resilientes de la economía mexicana que ahí están, con tasas positivas de crecimiento, muy a pesar de todas las trabas que se ha encargado de poner este régimen.

Es tan sencillo como pensar en las barreras en el sector energético que se han puesto, no solo a las empresas que participan en ese sector, sino aquellas que no tienen garantía de montar una fábrica y tener luz suficiente.

Los desequilibrios en las finanzas públicas por la combinación entre una menor recaudación prevista para el cierre del sexenio con un gasto que no se modera y se concentra en lo improductivo del gasto clientelar, más el aumento del endeudamiento, son focos amarillos de esta economía.

Los altos niveles de violencia e impunidad, las consecuencias de la militarización, los intentos de desmantelar los avances democráticos de México y la persistente estrategia de polarizar hasta niveles que pueden tornarse violentos, son focos rojos en el tramo final del gobierno de López Obrador.

En el caso de las remesas, que básicamente son dólares que envían mexicanos desde Estados Unidos, habrá que seguir su comportamiento si la economía estadounidense se desacelera hasta niveles recesivos.

Si a pesar de una eventual recesión en Estados Unidos, ahora que ya no hay transferencias de recursos de aquel gobierno a sus ciudadanos, se mantienen tasas altas de crecimiento de esas remesas, habría que empezar a validar otras teorías sobre el origen de esas transferencias a México.

Y en cuanto al tipo de cambio, el casarse con una variable financiera tan volátil e incorporarla como símbolo de orgullo nacional y de éxito gubernamental porque la paridad del peso está fuerte, puede causar algo más que una desilusión.

Los flujos que han fortalecido a la paridad del peso frente al dólar no son producto de aquellos inversionistas que mueren por traer su dinero en estos tiempos de la 4T para respaldar el modelo de, ¿cómo era?, ah sí, humanismo mexicano.

Son recursos financieros que encuentran en el diferencial de tasas de interés, en el nivel de Riesgo País y en las calificaciones crediticias oportunidades temporales de hacer dinero. Cuando cambien esas condiciones, esos capitales saldrán y vendrá una depreciación cambiaria.

No debería haber mayor drama en ello si responde a esas condiciones de mercado, si no se combina con alguna mala señal que haga que se apresure o profundice esa salida del mercado mexicano.

Pero cuando llegue una depreciación cambiaria, habrá un drama de todos aquellos que querrán cobrar al régimen un supuesto costo político por lo que llamarán la devaluación. Esto puede generar un ambiente adverso que contagie a otros agentes económicos.