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¿Cuál será al final el costo más elevado de ese accidente histórico denominado Cuarta Transformación? Es difícil cuantificar los estragos de la confrontación social o de la permisividad con el crimen organizado; mucho más complejo es contabilizar el rezago educativo provocado por la cancelación de la reforma en esa materia.

En temas económicos, la irresponsabilidad del dispendio del gasto público en proyectos de infraestructura improductivos, así como el viraje de un modelo de gasto social a uno asistencialista-clientelar, implica costos de largo plazo. Pero una de las pérdidas más onerosas para el país se ha dado en torno al sector energético y, prácticamente, en todos los sentidos.

Hoy no queda más que suponer el escenario contrafactual de que la Reforma Energética del 2013 hubiera seguido su curso. Es prácticamente un hecho que Pemex no sería hoy el principal riesgo para las finanzas públicas de México. Y por dos razones fundamentales: haber respetado el curso de ese cambio estructural habría implicado un respeto de facto a las inversiones privadas, lo que habría reforzado la confianza. El segundo hecho es el camino operativo que habría seguido el sector petrolero.

Pemex, enfocada en las actividades esenciales de exploración y explotación, adelgazando una estructura improductiva para buscar la competitividad y compartiendo riesgos de capital con las empresas privadas, tendría hoy a la petrolera en otra situación. Pero la nostalgia estatista, combinada con la negligencia y el poder carismático de un líder político que no tuvo dotes de estadista, tienen hoy a las finanzas públicas comprometidas.

Petróleos Mexicanos pudo haber vendido activos, compartido riesgos, enfrentado sus pasivos de forma más sana y dotar a México de una producción petrolera que hoy estaría en torno a los dos millones de barriles diarios.

El régimen no tiene hoy un solo argumento válido para defender sus malas decisiones, porque también arrastraron a la Comisión Federal de Electricidad; al contrario, nos enfrentamos a hechos incontrovertibles como la perspectiva Negativa de la calificación, de Pemex, de la CFE y de la propia deuda soberana. Esto es producto del mal manejo financiero de la 4T, con un claro epicentro en Pemex.

Es incontrovertible que el Estado mexicano ha erosionado su propia capacidad de respuesta ante choques externos, que estamos ante una empresa petrolera que recibe beneficios fiscales y capitalizaciones directas por miles de millones de pesos anuales, pero que sigue sin ser autosuficiente. Lo demás que se diga es populismo.

A pesar de que en la administración actual pueda haber funcionarios con más conciencia de la implosión energético-financiera que acecha, no hay margen político para que el actual gobierno deje de ser un apéndice del yugo lópezobradorista que generó conscientemente todo este problema.

Hoy ya no alcanzaría con retomar el camino del 2013; hoy la crisis es de confianza. Los esquemas mixtos que impulsa el régimen solo podrían convencer a los empresarios con derecho de picaporte en Palacio Nacional, pero así no se hacen los negocios ni se rescata a una economía.

Al final, la necedad ideológica tendrá una factura a pagar con el incremento en el costo del dinero. Postergar más la apertura real y la disciplina financiera solo garantiza que el colapso de Pemex termine por ser el epitafio de la estabilidad macroeconómica de México.

Pemex pudo haber vendido activos, compartido riesgos, enfrentado sus pasivos de forma más sana y dotar a México de una producción petrolera que hoy estaría en torno a los dos millones de barriles diarios.