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No deberán pasar muchas semanas antes de que los planes fiscales del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, queden al descubierto.

Por lo pronto, mañana tendremos otro de esos días cargados de novedad cuando este personaje dirija su primer discurso en una sesión del Congreso de su país.

Seguramente, entre los muchos exabruptos que habremos de escucharle al presidente estadounidense, algún espacio dejará para delinear sus planes fiscales, que a su entender deberán ser la plataforma de despegue para esa economía.

Entre los planes que ha dejado ver está el recorte del impuesto corporativo de 35 a 15%, para convertir las inversiones en ese país en un tarro de miel para las abejas.

Y al mismo tiempo, como un mecanismo de defensa de eso que tanto deplora, el libre comercio, buscará darle al mundo un varapalo con un BAT (Border Adjustment Tax) de 20 por ciento. Al interior, para las cuentas domésticas, esto promete ser una compensación en los ingresos tributarios para evitar un deterioro mayor de las finanzas públicas estadounidenses.

Hacia el exterior, promete ser el primer paso de una guerra comercial que acabe por subir los precios y provocar estragos económicos globales.

Hasta ahora, Donald Trump ha centrado sus baterías de ataque en contra de México. Se queja del déficit comercial con nuestro país, de las fábricas automotrices en este territorio y de los mexicanos que trabajan allá.

Poco se queja del seis veces mayor déficit que tiene con China, de la enorme comunidad de inmigrantes de ese país y de todos los productos que compran que están hechos en aquella nación.

Difícilmente podría imponer un impuesto dirigido a una sola nación sin que haya una reacción internacional. Por lo tanto, las medidas fiscales deberán tratar por igual a todos los importadores.

Como ya lo adelantó el canciller Luis Videgaray, una reforma fiscal de ese tamaño en Estados Unidos obligaría a México a tomar determinaciones similares, por lo tanto habría que proponer una reforma fiscal local.

El acuerdo de certidumbre tributaria tiene un apartado que habla de cambios fiscales con sentido de urgencia y ahí encajaría muy bien esta circunstancia.

El problema se vuelve interno, porque habría necesidad de modificaciones en el pantanoso terreno fiscal justo en tiempos electorales. Por lo tanto, de la correcta explicación de las medidas a tomar dependerán sus posibilidades de prosperar en el Congreso mexicano.

Si un impuesto a las importaciones en Estados Unidos puede librar la etiqueta de medida proteccionista, entonces provocaría reacciones similares en otros mercados.

Una guerra comercial global podría incluir desde tipos de cambio artificiales, impuestos espejo o gravámenes a los capitales que pretendan regresar a Estados Unidos.

Una guerra comercial global no apuntaría a nada bueno para nadie. Eso es un hecho.

Y si optaran por no aplicar un impuesto a las importaciones y no compensan la caída en los ingresos fiscales, no estarían tan lejos de una nueva crisis presupuestal que los obligue a aumentar impuestos y bajar gastos.

La única garantía es que con Donald Trump en el poder, habrá un permanente déficit de armonía global.