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Si nos atenemos a lo que dicen las leyes, una fecha importante para que el actual gobierno pudiera dejar ver con más claridad a qué se refiere con eso del cambio radical del modelo económico, tendría que ser el 8 de septiembre.

De acuerdo con la Ley Federal de Presupuesto y Responsabilidad Hacendaria, ese día es el límite para que el gobierno federal presente al Congreso sus iniciativas de miscelánea fiscal, ley de ingresos y presupuesto de egresos del año siguiente.

Si se mantienen las cosas como lo marcan las disposiciones legales de este país, antes del domingo 8 de septiembre de este año deberemos conocer sus expectativas macroeconómicas y la forma de conseguirlas durante el 2020.

Ése sería el momento de proponer nuevos impuestos, alza de los existentes, otras formas de ingreso, la manera de repartir el gasto, en fin. Porque eso es lo que marcan las leyes.

Si atendemos a la realidad de lo que ha sucedido con el gasto público, podemos ver que ha sido letra muerta ante las disposiciones presidenciales de reencausar los recursos a los proyectos que interesan a López Obrador.

Si se conservan las formas, el gobierno actual tiene mayoría simple en las dos cámaras, lo que alcanza para aprobar el paquete económico que quieran y cómo lo quieran. Pero también les alcanza para cambiar a su gusto leyes secundarias. No así para modificar la Constitución, gracias a ese bloque que sobrevive de opositores en el Senado.

Pero, aun así, no cuadra con lo que ha dicho el presidente ya en varias ocasiones, especialmente en su discurso frente a sus feligreses en el Zócalo de la Ciudad de México el lunes pasado.

Más allá de la larga lista de datos cuestionables, el presidente López Obrador prometió algo. Dijo que él piensa que este mismo año terminarán de arrancar de raíz “el régimen corrupto y quedarán construidas las bases para la transformación política de México”.

Dijo que mientras más rápido consumen la obra de transformación, más tiempo tendrán de consolidarla. Y que tienen que trabajar de prisa y con profundidad.

Si atendemos a lo que ha ocurrido hasta hoy y a sus proyectos, no hay uno solo que pueda dar resultados rápido. Al contrario, más parecen en el camino de deteriorar más la confianza y la estabilidad económica. Pero seguro que no hace referencia a ello.

Esta advertencia de una acción radical puede estar en la misma línea de las cifras alegres de los “otros datos” ofrecidos a sus seguidores, sólo el sostenimiento de un discurso que a veces corre en paralelo a la vida real.

Pero puede ser el anticipo de un movimiento inesperado de más amplio calado.

Los tres pequeñitos pendientes que identificó el presidente, seguridad, economía y salud, tienen un deterioro tal que no se ve que puedan tener soluciones positivas en el corto plazo como para adelantar lo que dijo López Obrador al cierre de su discurso.

Sería deseable (sueño guajiro, le dicen) pensar que podría usar este segundo semestre para rectificar muchas de las malas decisiones tomadas hasta hoy en un afán de recuperar algo de la confianza perdida.

Pero no hay una sola señal de ese privilegio del sentido común. Lo que adelanta más bien parece algo más radical dentro de lo que han llamado la Cuarta Transformación.

Ciertamente, el presidente López Obrador ha tomado decisiones que sorprenden. Y los mensajes que empieza a dejar caer a cuentagotas prometen seguir esa misma línea. Al tiempo.