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La Junta de Gobierno del Banco de México debería estar alarmada ante las recientes referencias presidenciales sobre la inflación. Claudia Sheinbaum afirmó que la inflación general de 4.6% se encuentra en un nivel “plenamente dentro de los parámetros de los últimos 18 años”.

La política monetaria no es política partidista; normalizar precios que están totalmente fuera de rango, bajo el argumento de que en el periodo neoliberal la inflación era mayor, es un error grave.

Los espacios vacíos se ocupan: la laxitud de la mayoría de los actuales banqueros centrales y, sobre todo, la pobreza de su comunicación y de sus argumentos de intolerancia contra los altos precios, abren la puerta para que la política monetaria se pretenda manejar desde Palacio o, peor aún, desde las tortillerías.

La inflación no es solo un fenómeno monetario, es un fenómeno psicológico y social. Si el Banco de México es percibido como omiso se rompe el ancla nominal y si los agentes económicos dejan de creer que el banco central hará lo necesario para alcanzar su meta de 3.0% empiezan a formar precios basados en su propia percepción del futuro.

Inicialmente la inacción de la Junta de Gobierno fue tema de debate entre expertos, al grado que los economistas alineados salieron de forma absurda a defender las tibiezas de los banqueros centrales.

Pero ese debate fácilmente contaminó las sobremesas y se generalizó una narrativa de alta inflación que aprovecharon, por ejemplo, los tortilleros para darse una licencia social de pretender subir sus precios.

El silencio y la permisividad del Banxico se convierten fácilmente en una percepción de inflación generalizada que se justifica con frases como “todo está más caro todos los días”.

Como sostiene Michael Woodford, la comunicación es vital porque un banco central no solo gestiona tasas de interés, sino que debe administrar las expectativas sobre el futuro de dichas tasas.

En México, paradójicamente, al día siguiente de conocerse el repunte de la inflación desbocada, la gobernadora del Banco de México optó por telegrafiar, en sus medios predilectos, futuras bajas en las tasas de interés. Esta disonancia es el factor que termina por romper el ancla de las expectativas. Cuando la única autoridad con la responsabilidad autónoma de aplicar una restricción monetaria comunica una flexibilización prematura, los agentes económicos entienden que la meta de 3.0% es un mero ornamento para una mayoría de banqueros más preocupados por los equilibrios fiscales.

En inglés le llaman jawboning a esa intervención verbal que busca influir desde una posición de poder, como la gubernatura del Banxico, en el anclaje de las expectativas inflacionarias.

Así, Agustín Carstens, exgobernador del Banxico, era un eficaz generador de fobia social a la inflación al llamarla el más injusto y cruel de los impuestos, porque afecta a los que menos tienen, genera incertidumbre y pérdida de bienestar.

La discusión sobre la inflación en México tiene hoy ausente a su contrapeso natural. La voz que debería ser monopólica, intransigente y pedagógica, la del Banco de México, ha quedado reducida a un murmullo técnico. No es cuestión de carisma, sino de tener la capacidad de evitar que se generalice esa “licencia social” para normalizar los precios altos y dejar a la ciudadanía sin su más importante defensor contra la carestía.