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Déjeme compartir este sueño salvaje: sentados en la misma mesa estaban los líderes de las principales fuerzas políticas representadas en el Congreso, junto con el secretario de Hacienda y representantes de los sectores productivos del país.

Todos juntos para dar cuenta de un mensaje de unidad en torno a la salud financiera del país y su compromiso de mantener la estabilidad y el crecimiento económicos.

Cada uno de ellos sin excepción entendía muy bien la terrible realidad de que la principal fuente de ingresos presupuestales, el petróleo, había caído desde los 79 dólares estimados en el 2015, a los 50 dólares pactados para este año y de ahí a los 35 esperados para el 2017.

La parte medular del sueño es cuando todos los presentes anunciaban que las finanzas del país corrían peligro por la baja del precio y la producción petrolera y por lo tanto se unían para dar paso a un pacto fiscal por México.

Todo con el fin de evitar un mayor endeudamiento del país e iniciar la corrección de los desequilibrios fiscales, que hoy tenemos claro que le pueden costar una dolorosa degradación crediticia. Optaban entonces, todos juntos, por aumentar los ingresos por la vía tributaria.

El mensaje es que se podría compensar la baja en los ingresos petroleros a través de un recorte adicional al gasto público, pero sería inevitable que ese nuevo tijeretazo alcanzara el gasto social y con la claridad de todos de que un menor gasto público implicaría un menor crecimiento.

Eso sí, el pacto fiscal por México incluiría no sólo a más contribuyentes, sino una profunda reforma de la manera de gastar. No sólo se revisarían a detalle los gastos del gobierno federal, sino también se pondrían en el microscopio del gasto responsable los presupuestos estatales, municipales y los que ejercen a manos llenas los poderes Legislativo y Judicial.

No sonaba el despertador, por eso yo seguía con el fantasioso sueño: los firmantes del acuerdo se comprometían a respaldar medidas tributarias que implicaran que todos lo que hoy evaden impuestos en cantidades millonarias, aprovechando las avenidas de evasión, empezaran a pagar.

Pero más allá del detalle técnico que en ese momento no soñé, lo que hacían era indicar con total claridad que no hacer un cambio de esa naturaleza condenaría al país a mantener un crecimiento mediocre durante otra década más.

Al mismo tiempo, comentaban que el cambio fiscal sería inevitable más adelante, sólo que cuando se pretendiera hacer sería forzado por las circunstancias de una crisis financiera.

Todas las fuerzas políticas acordarían no lucrar con los cambios fiscales que se negociarían a lo largo del año para que quedaran listos para su aplicación con la entrada del año siguiente.

El pacto sería proteger la planta productiva y a los sectores más vulnerables con impuestos indirectos más bajos y una canasta básica de productos exentos, a cambio de asumir el cambio fiscal todos juntos como un acto de responsabilidad por el país, que necesita buscar un crecimiento sano y dinámico para realmente salir del subdesarrollo.

Desafortunadamente, fue ahí donde sonó el despertador y en el mundo real lo que hay es un presupuesto que se enfrentará al mal menor del recorte para el próximo año.

No habrá reforma fiscal, no habrá mayores controles a la manera de gastar, los partidos políticos no dejarán de manipular la información para desprestigiar al gobierno y sacar raja electoral de ello y por lo tanto, no podremos aspirar a nada más que a un crecimiento mediocre y acotado durante muchos años más.

El terror nocturno, la pesadilla, sucede cuando estamos despiertos.