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Cuando los barriles de petróleo estaban en 150 dólares y Hugo Chávez estaba en el poder de Venezuela, me platicaba un empresario mexicano que tenía negocios en ese país (antes de que los nacionalizaran) que en las cartas de los restaurantes se tachaban platillos, que en las tiendas empezaban a faltar algunos productos y que Caracas empezaba a ser una ciudad peligrosa.

Por aquellos días, Venezuela regalaba petróleo a sus socios políticos de izquierda. Se embarcaban tanques a Cuba, Bolivia tenía su tajada, Nicaragua también. Brasil y Argentina tenían la llave de Pdvsa abierta.

Decía Hugo Chávez por allá del 2012 que 100 dólares por cada barril de petróleo era un precio justo. Dijo también, quizá a manera de premonición, que había compradores que querían que les regalaran el petróleo en 20 dólares por barril.

Ni Chávez, ni nadie, pensó que tres años después los precios se derrumbarían a los niveles actuales. Pero Venezuela, a diferencia de los noruegos o los mexicanos, sí recargaba la mayor parte de su actividad económica en la industria petrolera.

México sufre en sus finanzas públicas la baja en los precios de petróleo, pero su alta calificación crediticia le ha permitido compensar con las coberturas, aunque se empieza a abusar de ello; sin embargo, también este país se ha recargado en los préstamos internacionales a buenos costos.

Pero Venezuela, no. Desde la instauración de la República Bolivariana de Venezuela, ese país sudamericano se peleó con los mercados financieros y con los países que no tuvieran ideologías similares. Colombia es el mejor ejemplo de cómo el dogmatismo es un mal consejero en la diplomacia.

Venezuela cayó en las redes de un gobernante tan carismático como ignorante. Altamente egocentrista y muy poco reflexivo. La omnipotencia chavista gobernaba desde lo alto de un barril de petróleo.

Chávez murió, pero no su modelo totalitario. Nicolás Maduro es notablemente menos carismático y hábil, pero claramente más tiránico que su padre político, con el que dice hablar reencarnado en un pajarillo.

Hoy Venezuela es algo más que un país con problemas financieros y económicos. En esa categoría podríamos poner a Brasil o a Argentina, que están un escalón más arriba en sus problemas en comparación con Colombia, Perú, Chile o México. Venezuela es hoy un país en medio de una crisis política y cercana a una crisis humanitaria.

Con todo y el rotundo triunfo opositor en el Congreso, el gobierno de Maduro empieza a radicalizarse y usa las asambleas populares, como las que se organizan aquí en el Zócalo de la ciudad de México, para oponerse a las decisiones de la mayoría opositora y mantener su estatus político.

Desde la oposición buscan que este año se pueda acabar con el chavismo y sacar a Maduro del poder. Y todo en medio de una de las peores crisis en la historia del continente.

Venezuela espera para este año una inflación de 720% y una contracción económica de 8% en su Producto Interno Bruto. La escasez es total y la desesperación social también.

El escenario está puesto para que más allá del derrumbe económico llegue la violencia y el éxodo.

Si se radicaliza el gobierno de Nicolás Maduro y usa el poder que le queda para aferrarse por la vía violenta, se podría derivar en un serio conflicto interno.

Desde México hay que pensar en los efectos humanos, más que los financieros, de una crisis de esas dimensiones.