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El triunfo del candidato centrista Emmanuel Macron sobre la populista Marine Le Pen en las elecciones presidenciales de Francia, el pasado domingo, es una gran noticia para la zona euro y el resto del mundo.

Después del voto a favor del Brexit y el triunfo de Donald Trump en Estados Unidos en el 2016 y el crecimiento de movimientos nacionalistas como Podemos en España, Cinco Estrellas en Italia y el Frente Nacionalista de Marine Le Pen en Francia, el triunfo de Macron representa un alto a la creciente ola populista que amenaza con revertir la integración económica y comercial que ha caracterizado al orden global de la posguerra.

El triunfo de Macron, aunado a la victoria del partido de Angela Merkel en las elecciones regionales de Alemania, traen una sensación de alivio para la Unión Europea cuya existencia se hubiera tambaleado hasta sus fundamentos con una victoria de la nacionalista Marine Le Pen. Sin embargo, el fracaso del populismo en Francia no constituye una licencia para mantener el statu quo en Europa.

A partir de la crisis financiera del 2008-09, hemos visto cómo han brotado, disminuido y resurgido con mayor fuerza los temores por el estado de las finanzas públicas de varios países de la zona euro, haciendo evidentes algunos de los defectos fundamentales en el diseño original de la Unión Monetaria Europea.

Aunque los líderes de la política y la economía europea han ido respondiendo con medidas ad hoc de financiamiento a los países más vulnerables y el Banco Central Europeo ha tomado medidas históricas, como la implementación de un programa de estímulos cuantitativos para actuar como proveedor de liquidez de última instancia, la zona euro requiere aún de una importante reingeniería si quiere sobrevivir.

Las medidas tomadas por las autoridades financieras de la zona euro, en conjunto con una recuperación cíclica en la economía global, han permitido un repunte en el crecimiento económico de la zona euro a su mejor nivel desde antes de la crisis. No obstante, el desempleo en tres de las cuatro grandes economías, España, Italia y Francia, se ha convertido en un problema persistente a pesar de haber disminuido de sus máximos históricos.

Macron y Merkel saben que la solución inevitable es una mayor integración europea. Esta mayor integración tendría que ser un proceso muy gradual a través del cual se transformaría a la zona euro, desde el punto de vista económico, en los estados unidos de Europa, estableciendo una tesorería única y un régimen de transferencias fiscales donde los países miembros fungirían como Estados y la política monetaria y fiscal se dictarían centralmente.

En este régimen, como en cualquier régimen federal, los Estados más ricos necesariamente tendrían que subsidiar, en cierta medida, a los más pobres. Algunos observadores han ido más allá, sugiriendo que 19 países que utilizan el euro como moneda conformen un gobierno y un parlamento a nivel europeo con más facultades que las que actualmente residen en Bruselas, capital de la Unión Europea.

Este plan es, sin duda, el que sería más contundente, pero también es el que más resistencia encontrará. El establecimiento de una unificación fiscal necesariamente significa que los países más ricos, como Alemania, estarían subsidiando a los más vulnerables. Aunque estos subsidios podrían ser menos costosos que una nueva crisis de confianza europea, los países ricos no apoyarán una mayor integración si ésta no se da con una gran dosis de transferencia de poder hacia dichos países y, principalmente, Alemania.

En pocas palabras, Alemania tendría que encabezar el nuevo gobierno “europeo”, así manteniendo el control económico y reafirmando su hegemonía política sobre el resto de Europa. El camino hacia una mayor integración europea es, sin duda, por razones principalmente económicas pero la decisión será dictada por la dinámica política en los principales países de Europa.

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