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El pasado 19 de marzo, un video captado por integrantes de un colectivo de maestros disidentes colocó en el centro del debate público una escena tan inusual como reveladora: una mujer recostada, tomando el sol desde uno de los balcones de Palacio Nacional. La imagen, que rápidamente se viralizó, provocó indignación, dudas y una oleada de versiones falsas sobre su origen e identidad.

Días después, el testimonio de la maestra Dulce López Rincón, en entrevista con Adela Micha para el medio La Saga, aportó contexto: la escena fue real, ocurrió mientras docentes se manifestaban contra la Ley del ISSSTE 2007, y la mujer, al percatarse de que era observada y grabada, cerró abruptamente las ventanas.

Durante semanas, el caso se movió entre la especulación y la desinformación. Se habló incluso de imágenes generadas con inteligencia artificial o de identidades erróneas. Fue hasta el 30 de marzo, en conferencia matutina, cuando la presidenta Claudia Sheinbaum confirmó lo evidente: sí ocurrió, sí era real, y aunque no está prohibido, se trató de una falta de respeto. La persona involucrada, además, fue sancionada.

La declaración presidencial pone sobre la mesa una discusión más profunda: la diferencia entre lo legal y lo correcto. Porque no todo lo que no está prohibido es apropiado, especialmente cuando se trata de espacios que representan al Estado mexicano.

Palacio Nacional no es un balcón cualquiera. Es un recinto histórico, símbolo del poder público y patrimonio de todos los mexicanos. Lo que ahí ocurre —por mínimo que parezca— tiene una carga simbólica que trasciende lo individual. Por eso, el problema no es el acto en sí, sino lo que representa: una relajación peligrosa en el respeto hacia las instituciones.

Esa misma lógica aplica para el ejercicio cotidiano del servicio público. Los vehículos oficiales no son extensiones de la vida privada; son herramientas financiadas con recursos públicos. Las oficinas gubernamentales no son espacios personales; son lugares de trabajo al servicio de la ciudadanía. El patrimonio público no es decorativo ni utilitario: es una responsabilidad.

Durante años, el fuero constitucional fue utilizado como una barrera entre los funcionarios y la rendición de cuentas. Hoy, en el discurso político, se le considera una figura obsoleta. Pero más allá de su vigencia jurídica, lo verdaderamente urgente es erradicar la mentalidad que lo sostuvo: la idea de que el poder otorga privilegios.

El servicio público no debe entenderse como un espacio de comodidad, sino como un ejercicio permanente de responsabilidad. Y esa responsabilidad comienza en lo más básico: el respeto.

Porque al final, los grandes problemas institucionales no siempre comienzan con grandes actos de corrupción. A veces, empiezan con pequeñas acciones que, por parecer insignificantes, terminan normalizándose.

Lo ocurrido en Palacio Nacional no es solo una anécdota viral. Es un recordatorio incómodo de que el poder, cuando se despoja de su sentido ético, corre el riesgo de olvidar a quién pertenece realmente.

Esta columna se publica los lunes, miércoles y viernes.