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Las autoridades sanitarias de México optaron por un modelo de vigilancia epidemiológica que, al estar basado en un muestreo, no pretende confirmar todos los casos. Aun así, a juzgar por las previsiones sobre ocupación de espacios hospitalarios, este modelo ha permitido mapear bastante bien la trayectoria de la pandemia.

Y, sin embargo, no veo un regreso exitoso a la “normalidad” sin el uso masivo de pruebas que permita detectar a los contagiados y, eventualmente, a los que ya tienen cierta inmunidad.

Los países que han logrado contener mejor la pandemia se distinguen por el uso generalizado de esas pruebas y el seguimiento estricto y tecnológicamente sofisticado de los infectados y de sus contactos. El conocimiento derivado de ello les ha permitido contener los contagios y evitar que haya rebrotes graves de la enfermedad.

Ese conocimiento es indispensable para evitar un levantamiento en falso de la emergencia sanitaria. El coronavirus no respeta calendarios ni deseos de la gente. La posibilidad de nuevas oleadas es real. Y aun si multiplicamos por 50 los contagios reportados, como sugieren algunos expertos, lo cierto es que la gran mayoría de la población todavía podría enfermarse.

Además del impacto en la salud y en el ánimo social, una nueva ola de covid-19 tendría efectos devastadores en las perspectivas económicas. Si el ideal es un repunte rápido de la economía en forma de “V”, una salida en falso podría derivar en una recuperación incipiente seguida de una recaída, más semejante a una “W”. Y eso llevaría a una recesión solo superada por la Gran Depresión.

Un retorno prematuro a la “normalidad” o sin la aplicación masiva de pruebas es una apuesta demasiado arriesgada. Así sería, por ejemplo, si los niños regresaran a las escuelas sin que se les apliquen pruebas periódicas y, por tanto, sin poder detectar y frenar a tiempo los contagios entre ellos y sus familias.

Si de algo sirve la experiencia internacional y la opinión de los expertos —incluida la del Premio Nobel de Economía, Paul M. Romer—, desarrollar la capacidad en materia de pruebas debe ser una prioridad de los gobiernos. Ese es el mejor impulso que se le puede dar a la reactivación económica.