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Donald Trump se ha convertido en tema de sobremesa en México. Sus posiciones sobre los inmigrantes y sus propuestas de “solución” a ese problema son tan absurdas como irritantes. El racismo en su discurso es incuestionable. Por eso a veces se asume que su fuerza en las encuestas es tan solo el reflejo del racismo de la sociedad norteamericana. Esa es una explicación equivocada.

Por supuesto que el racismo prevalece en Estados Unidos, pero no es el tema que define sus elecciones. Los triunfos de Obama en 2008 y 2012 hablan de una sociedad que acepta la diversidad y no de una dominada por el racismo.

En lo que toca a la inmigración, las encuestas muestran que solo 17 por ciento de la población está a favor de la deportación masiva de indocumentados. Esta opción tiene más apoyo entre los republicanos, pero aun en este grupo solo llega a 27 por ciento (Pew, agosto 24, 2015).

Trump ya no es un candidato marginal con simpatías concentradas en los republicanos de bajo ingreso y nivel educativo, en quienes su intolerancia podría tener mayor resonancia. En la más reciente encuesta de CNN ya sobrepasa a sus competidores republicanos en todas las categorías socioeconómicas; en ambos géneros y todos los rangos de ingreso, edad o grado de escolaridad (CNN, agosto 18, 2015).

La creciente fuerza de Trump solo puede entenderse a partir de otros datos en las encuestas: la desconfianza en las instituciones y la insatisfacción con la dirección del país y con el gobierno. Estas percepciones han alcanzado y mantienen niveles históricamente altos (Gallup, marzo 12 y junio 15, 2015).

Esta insatisfacción con todo lo político es la que sustenta más ampliamente a Trump. Su estilo frontal y la percepción de outsider, exitoso en los negocios, lo diferencian del resto de los contendientes. Como lo resume The New York Times, Trump es percibido como “una persona que hace que las cosas sucedan”. Ahí está su fuerza.

El discurso racista e intolerante es más bien su debilidad. Esto lo posicionó al inicio de la contienda, pero ahora le impone límites a su crecimiento. Incluso, la mayoría de los republicanos encuestados por CNN reconocen que a su partido le iría mejor en la elección general con otro candidato. Aun ellos saben que su intolerancia es un lastre en el camino hacia la presidencia.