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Como un cuerpo sin huesos se encuentra hoy el partido político que por 78 años gobernó a México: el PRI.

A 25 años, aún retumban las frases lapidarias del discurso del 6 de marzo de 1994, año de quiebre, que pronunciara Luis Donaldo Colosio Murrieta en el Monumento a la Revolución, en medio de miles de oyentes, de frente a todos los mexicanos y de cara al régimen que oprimió al país por tanto tiempo.

Hoy el PRI se tambalea cual banco sin una pata, que por falta de fuerza y equilibrio, perdió vigor moral y perdió el poder.

Dicen que nada es eterno y aquí cabe muy bien el dicho: ni siquiera el PRI lo fue.

Un partido clientelar como el Revolucionario Institucional en el que la cúpula, profesional del dedazo, decidía las candidaturas disfrazándolas de práctica democrática a través de un plebiscito no podría ser más antidemocrática.

Y como anota don Ignacio Pichardo Pagaza, político de excepción, en un documento intitulado Algunas ideas fundacionales del nuevo régimen tricolor, “el plebiscito es una forma de demagogia desde tiempos de la Grecia clásica”. Y así se la llevó el PRI, comprando militantes, por fortuna con muchísimas excepciones, hasta que su modelo se agotó por sí mismo.

Por si fuera poco, en otro momento, arribó una turba de personajes con ideas extranjerizantes que tomaron por asalto al partido y las bases que habían sido consideradas pilares y sustento del instituto político fueron ignoradas CNC, CTM, CNOP, causando así el debilitamiento de las estructuras que operaban la política y aportaban los votos.

El PRI tuvo varios dirigentes de paso veloz.

Durante la Presidencia de Ernesto Zedillo, el partido que lo llevó al poder con 17 millones de votos y con el cual estableció de entrada “la sana distancia”, cambió seis veces el Comité Ejecutivo Nacional. En promedio a uno por año. Y Enrique Peña Nieto, en seis años, cambió ocho veces la dirigencia de su partido, al que hoy mantienen con oxígeno día y noche los priistas de cepa que quedan y sueñan con reconvertirlo en algo que les devuelva el orgullo de pertenencia.

Los partidos clientelares como el PRI definitivamente no garantizan una democracia de calidad. Y México merece vivir en una democracia de verdad.

¿Por qué callar lo que ayer fue y hoy poco queda de él?

¡Digamos la verdad!