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Si le echa un ojo a la gráfica del comportamiento de la cotización del euro frente al dólar a la hora en que el Banco Central Europeo (BCE) daba cuenta de su decisión de política monetaria, podrá tener un elemento más para entender lo nerviosos y especulativos que son los mercados.

En pocas palabras, venía una línea plana de comportamiento, en un nivel promedio de 1.18 dólares por euro, cuando se dio a conocer la determinación del BCE de poner fin a su programa de liquidez de compra de bonos.

En el mercado, dedujeron que lo que Mario Draghi, presidente de este banco central, estaba anunciado era el final del plan de inyección de euros, entonces en segundos se disparó la cotización del euro a niveles cercanos a 1.19.

Pero cuando vino el anuncio, perfectamente bien fraseado por parte del presidente del BCE de que en septiembre iniciaba el aterrizaje y en diciembre el final de la compra de bonos, el euro se derrumbó.

El resto del día operó en una franja más cercana a 1.16.

Esa hipersensibilidad de los operadores, que tratan de adelantase al resto para hacer más ganancias, está presente en las operaciones de todas las monedas líquidas como el peso. Por eso es que las gráficas recientes del comportamiento del peso frente al dólar parecen el electrocardiograma de un paciente con arritmia y preinfarto.

Los aventados que compraron euros a 1.19 y que unos segundos después vieron la cotización en 1.16 perdieron dinero, pero lo van a seguir haciendo, seguirán apostando a ganar en el río revuelto.

En el caso del peso, las apuestas claras en este momento son a la depreciación de la moneda mexicana. Todos los factores apuntan a que hay pocos éxitos en puerta para la economía y las finanzas mexicanas.

Desde ese cambio en las políticas monetarias de Estados Unidos y Europa, que atraen capitales a lugares más seguros y con buenos rendimientos, hasta las bajas expectativas de firmar pronto la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte y sin duda el rumbo que puede tomar este país tras las elecciones.

Ahora, el hecho de que los vientos sean adversos a la moneda mexicana no garantiza su comportamiento futuro.

Esto viene a cuento porque, otra vez, muchos que tienen intereses en hacer ganancias con un peso depreciado publican, o mandan decir, que es un hecho que el peso llegará a los 22 y después a los 23. Algunos lo repiten porque así se los ordenan, sin entender siquiera lo que dicen. Pero ocurre.

Hay mayor resiliencia entre los agentes económicos de este país para lidiar con las depreciaciones, puede ser por hartazgo o madurez, pero es un hecho que una depreciación acelerada y sostenida de la moneda tiene efectos negativos en la mayoría de los que participamos en la economía.

De entrada, hay un nivel de tolerancia inflacionaria que se puede ver rebasado y afectar muchos precios. Esto activa mecanismos de defensa monetaria que afectan el crecimiento.

En fin, que, si el peso ya está en el terreno de la mala suerte, no vale la pena escuchar a los que quieren que le vaya peor.