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Hace unas semanas me referí a la visita del presidente López Obrador a Washington D.C. y al contraste de las evaluaciones en las columnas de opinión con las de la ciudadanía en general. Un viaje que para los opinadores sería catastrófico, fue evaluado muy favorablemente por la mayoría de la gente.

La misma disparidad se apreció este fin de semana. Pese a la histórica contracción económica del último trimestre, las encuestas registran un repunte en la aprobación presidencial. Un resultado por demás sorprendente si la culpa es del gobierno, como apuntan los críticos.

No es que todo vaya bien, pero creo que en el ánimo de la gente juegan factores que van más allá de los resultados de las políticas públicas. Por eso la tan anticipada crisis social y política no se materializa.

El repunte más reciente en los índices de aprobación presidencial coincide con el viaje a Estados Unidos. Y no por sus efectos concretos, sino por la percepción de que el Presidente “domó a la fiera”, para usar las palabras del encuestador Alejandro Moreno.

La gente percibió que, lejos de ser agredido, el Presidente mexicano recibió un trato respetuoso. Una diferencia abismal con la visita de Trump a México en 2016. Y ese contraste también le sumó puntos.

El error ha sido demeritar el valor de los símbolos. En las evaluaciones influyen muchas cosas, pero hasta ahora —y sin negar que con el tiempo la realidad siempre se impone— lo que más ha pesado es la ruptura con el pasado, en la que la simbología ha sido central.

Si algo define a los tecnócratas es su pésimo empleo de los símbolos, a diferencia de la extraordinaria capacidad que para ello tiene el presidente López Obrador, lo mismo que para conectar con las personas en ese plano.

Los analistas no terminan de reconocer que la transformación de Los Pinos, la venta del avión presidencial o el hecho de que el Presidente regresara ileso de Estados Unidos cuentan, y mucho, en la opinión pública.

Esos símbolos marcan el rompimiento con un pasado mayoritariamente repudiado. Y eso les imprime un valor que trasciende lo meramente anecdótico. La importancia del juicio al ex director de Pemex radica precisamente en lo mucho que puede implicar de cara a ese pasado.