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La mejor forma de entender en México lo que hoy es el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, frente al presidente electo, Donald Trump, con esa frase muy de allá del lame duck, el pato cojo, es recordar a Enrique Peña Nieto desde la noche misma del triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador.

Era tal la avidez de poder del populista y tal la necesidad de un pacto post sexenal del priista que el Presidente en funciones no tuvo empacho en desaparecer de la escena política y dejar todos los reflectores al virtual Presidente electo.

Pero no sólo los reflectores, Peña Nieto le soltó a López Obrador las riendas del poder desde antes de que la Constitución así se lo permitiera.

Tanto que, desde octubre del 2018, prácticamente dos meses antes de asumir formalmente la presidencia, López Obrador tomó su primera decisión de gobierno, una que, desde entonces, le costó mucho al país en términos de la confianza perdida.

En aquel bien referido “error de octubre” López Obrador decidió, por intereses personalísimos de él y de sus empresarios favoritos, cancelar la construcción del Aeropuerto de Texcoco, que llevaba un avance de 40%, para levantar su terminal Felipe Ángeles sobre las instalaciones del campo aéreo militar de Santa Lucía.

El pato cojo mexicano fue aplastado por la descomunal pata populista de su sucesor y en Estados Unidos están en las mismas.

Hoy hay un hombre fuerte y uno débil que se nota, mucho más allá del leguaje corporal del encuentro del miércoles pasado en La Casa Blanca entre el saliente Biden y el entrante Trump.

Cuando el republicano perdió las elecciones a manos del propio Biden, no sólo no tuvo el gesto de recibir en la casa presidencial al ganador, sino que incitó a sus seguidores a tratar de evitar la designación en el Congreso de la victoria del demócrata.

En México también conocimos las reacciones de un López Obrador perdedor, simplemente con aquel caos que organizó en el corazón de la Ciudad de México, en Paseo de la Reforma, cuando perdió las elecciones frente a Felipe Calderón.

En Estados Unidos están en ese proceso de transición que durante los próximos 66 días tienen el reto de mantener el funcionamiento de un gobierno decaído, con un Presidente física y políticamente débil y un Congreso que tiene todavía trabajo pendiente.

Hay asuntos legislativos que no pueden parar, como la asignación de más ayuda financiera a las zonas afectadas por los recientes huracanes.

Pero hay otros temas que sí generan confrontación entre los que se van y los que llegan, como la designación en el Senado de un número importante de jueces.

En la política exterior, parece que Israel dejó más que claro que Joe Biden es un lame duck, porque ahora reacciona mucho menos, prácticamente ignora, a las amenazas de limitar la ayuda militar estadounidense si no permite la asistencia humanitaria en Gaza.

En fin, si una transición suele ser compleja entre dos presidentes de diferente partido, este cambio entre un débil Biden y un poderoso animal arrogante y populista como Donald Trump se antoja hasta humillante.