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El futuro de la Unión Europea (UE) se juega en Gran Bretaña (GB). David Cameron prometió que si su partido ganaba las elecciones del año pasado, aceptaría un referendo. Apostó a que podría negociar con la UE condiciones de excepción para convencer a los británicos sobre la conveniencia de permanecer en la UE. El fin de semana ganó esa partida, pero la batalla apenas comienza. Ni el ánimo social, ni las reacciones políticas a lo negociado por Cameron, permiten echar las campanas al vuelo.

El viernes pasado, Cameron obtuvo el apoyo unánime de los miembros de la UE para limitar los beneficios del sistema de seguridad social a los migrantes. También para instrumentar medidas que respalden a los bancos británicos. Con ese apoyo, se declaró victorioso y listo para ir a un referendo el 23 de junio. Pero esas concesiones quedaron muy lejos de la “repatriación de poderes” que los euroescépticos de su partido exigían. Cameron no tiene consigo a una parte  importante de sus parlamentarios, ni siquiera a todo su gabinete. Peor aún, el fin de semana el popular alcalde de Londres, Boris Johnson, se pronunció a favor del Brexit, como se le conoce a la posible salida de GB de la UE.

Los efectos de la crisis económica mundial, las presiones por la inmigración masiva desde los países del Este y los ataques terroristas en París, le dieron un nuevo impulso a la ola separatista en GB. El promedio de encuestas que publica el Financial Times muestra que, desde agosto del año pasado hasta la fecha, las opiniones a favor de mantenerse en la UE han caído de 50 a 41 por ciento. La campaña de Cameron por la permanencia podría revertir esta tendencia. Pero con un partido dividido y una opinión pública receptiva al discurso populista, aún con el empuje de Cameron, el futuro de GB en la UE es incierto.

A su favor, Cameron tiene al sector privado y el temor de que, tal como lo indican estudios publicados, la salida impacte negativa y significativamente la economía de GB. La primera alerta ya la dio la libra esterlina ayer lunes al registrar una caída frente al dólar que no se observaba desde 2009. Por encima de los políticos, las perspectivas económicas y los mercados financieros podrían acabar siendo los factores decisivos en el referendo.