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Leí en El País el perfil de Clara Gloria Colomé sobre Sandro Castro, nieto de Fidel Castro, que vive en Cuba, en un lujoso resort secreto, donde el comandante puso a vivir a su larguísima familia, cinco hijos y descendientes, hace varias décadas, a salvo de la mirada del pueblo cubano, y de sus privaciones.

Sandro Castro tiene 33 años, es un influencer con 110 mil seguidores en Instagram, amante de los gatos, que presume de fumar habanos, manejar un Mercedes Benz y pasear en avionetas.

Hace rumbosas fiestas en un bar de su propiedad llamado EFE, donde brinda con whisky y se baña con cerveza Cristal.

Vive en el dicho complejo paradisíaco de la zona Playa de La Habana, donde nunca faltan ni la luz ni los alimentos, del mismo modo que en los tanques de su colección de automóviles, no falta la gasolina que apenas hay en su país.

Es un fifí de alta gama en una isla de pobres de solemnidad.

“La Cuba de Sandro no es la Cuba de su abuelo”, escribe Clara Gloria Colomé. “El país de Fidel criminalizó el reguetón cuando el de Sandro capitalizó su versión criolla, el reparto. Fidel satanizó a los gringos, pero su nieto se disfraza de Batman y celebra Halloween. Sandro existe en la Cuba de Internet, no en la Cuba que privó al ciudadano de conexión por décadas y, por tanto, de entender cómo era el mundo exterior. Sandro, a grandes rasgos, es aquello que su abuelo no quería que los cubanos fueran, lo que no diseñó en el mapa de su Revolución”.

Sandro es el heredero del Fidel Castro real, el escondido, el sátrapa desastroso para su pueblo pero hinchado de dinero y lujo a sus espaldas, a caballo de la más cínica, eficiente y repugnante demagogia que recuerde la historia de Cuba, quizá la historia a secas.

Sandro es un testigo terminal, acusatorio, de la miseria humana y política de Castro y de la tragicomedia de Cuba bajo su dictadura.

Sandro Castro, El Nieto, último abusador de la cumbancha castrista, la cereza final en el pastel de barro que acabó siendo la Revolución Cubana.