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No hay ningún empacho por parte del nominado como próximo secretario de Comunicaciones y Transportes, Javier Jiménez Espriú, de denostar la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM), de promover las llamadas dos pistas en Santa Lucía y al mismo tiempo presentar un proyecto realizado por la constructora Rioboó para usar la base militar.

Este mismo escenario sería imposible de pensar con otros actores políticos. Es simplemente una muestra del enorme poder con el que llega Andrés Manuel López Obrador a la Presidencia.

Y si este proyecto llega a concretarse en la consulta a través del mandato del pueblo bueno, que nunca se equivoca, sí es un hecho que se convertirá en una obra ampliamente vigilada. Y si Rioboó se lo lleva por asignación directa o licitación amañada, será un enorme punto negativo para el próximo gobierno.

La eventual cancelación de la construcción del NAIM ya resultará una enorme carga para el gobierno de López Obrador por la pérdida de confianza que eso implicaría. Ahora imagine el enorme desgaste que le implicaría al próximo gobierno dar un contrato así a la constructora favorita.

Pero la pista a seguir de la absurda alternativa de construir dos pistas en Santa Lucía no está en ese proyecto, sino en la remodelación de la actual terminal. El negocio, pues, está en el Benito Juárez.

Aun si todo este montaje de la consulta deriva en mantener la construcción del NAIM, ya se ha provocado un retraso adicional en la obra, que extenderá mucho tiempo más su inauguración.

El resultado final de la consulta puede ser la decisión del próximo gobierno de seguir con la obra actual, pero meterse a revisar piedra por piedra y contrato por contrato la construcción. Seguro cambiarían especificaciones para hacer lo mismo, pero más barato, con acabados de segunda.

Todo esto le sumará años adicionales a la actual terminal que está claramente rebasada. Por lo tanto, ya lo dijo el propio Jiménez Espriú, ya trabajan en un proyecto para la remodelación del Aeropuerto Benito Juárez de la capital del país.

No le cabe mucha infraestructura adicional, pero vaya que se le puede meter mucho dinero en mejoras técnicas y cosméticas para extender su estado moribundo.

Habría opciones más económicas, como rehabilitar el aeropuerto de Toluca, que sufrió el abandono de tres líneas aéreas a la par de la muerte de Mexicana de Aviación. Ahí está esa terminal, que se usa a menos de 20% de su capacidad.

Cuernavaca tiene un aeropuerto un tanto lejano, pero equipado. Puebla y Querétaro están lejos de los polos de mayor demanda del servicio aéreo.

En fin, esta larga discusión sobre dónde construir el aeropuerto ha provocado una mayor tardanza que le compra tiempo extra a la actual terminal.

Si finalmente priva la sensatez y se mantiene la construcción del NAIM, las inversiones tendrán que ser paliativos en el entendido de que en un lustro dejarán de tener utilidad. Pero si la alternativa es Santa Lucía, las inversiones que deben estar pensando para el Benito Juárez deben ser faraónicas.

Pero que no quede duda, habrá grandes negocios en torno a la vida artificial que le quieran dar al actual aeropuerto.