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Se inconforma un buen lector de esta columna, Ramón Cota Meza, porque uso el símil extremo del Muro de Berlín para describir lo caído en las elecciones mexicanas del domingo pasado.

Tiene razón, pero defiendo el derecho a la hipérbole para atraer la atención sobre algunos rasgos claves de esas elecciones.

Por ejemplo, la derrota de algunas de las maquinarias electorales heredadas, prácticamente sin cambio alguno, del antiquísimo PRI-gobierno.

El PRI-gobierno no era solo un dinosaurio, como nos gustaba decir, sino también un mutante. A la hora de la democracia mexicana, logró meterse en organismos propicios y se reprodujo con eficacia.

Organismos propicios fueron los gobiernos locales. La democracia le quitó a estos gobiernos el control abusivo que el centro ejercía sobre ellos, pero no les fijó responsabilidades ni los obligó a rendir a la sociedad las cuentas que antes le rendían al Presidente (mayúscula).

El vacío dio impunidad a los gobiernos locales priistas y no priistas. Esta impunidad ha sido fuente de distorsiones mayores de nuestra vida democrática.

Libres del control político federal, aunque beneficiados de sus dineros, los gobiernos locales reprodujeron los vicios de la antigua hegemonía priista en todos los estados.

Fueron más libres, más ricos y más priistas que nunca, igual si eran gobiernos venidos de la izquierda, de la derecha o del dinosaurio.

Construyeron en sus estados modestos pero opresivos trechos del Muro de Berlín que había sido el eje de la dominación federal priista.

Los gobiernos locales fueron golems imprevistos de la democracia mexicana, deformes beneficiarios y repetidores de usos y costumbres priistas que la democracia había arrollado en el orden federal.

La metáfora del Muro de Berlín (con mayúsculas) es excesiva para describir al régimen que el muro mexicano (con minúsculas) esconde. Pero alude a un problema real.

El Muro de Berlín mexicano ni es tan visible ni tan opresivo como el verdadero, pero, a diferencia del Muro con mayúsculas que no podrá volver, el mexicano con minúsculas está vivo y puede ser reconstruido, a voluntad de los gobernantes, en las siguientes elecciones.

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