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Habrá que dar una buena leída a las minutas de la pasada reunión del Comité Federal de Mercado Abierto de la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed) para saber si Stanley Fischer, vicepresidente de ese banco central, fue tan claro en sus preocupaciones como lo fue esta semana.

No creo que encontremos tanto como un discurso interno de Janet Yellen diciendo: Oops, sorry! Nos precipitamos con el incremento de las tasas de interés en diciembre pasado. Pero habrá que ver el balance interno de las opiniones después de haber vivido un mes de enero tan desastroso para la estabilidad financiera como el que acaba de pasar y que parece que se extiende durante febrero.

Es verdad que para el momento en que la Fed decidió subir un cuarto de punto su tasa de referencia no había en el panorama mundial la posibilidad del nuevo derrumbe de los precios del petróleo en combinación con los malos datos de la economía de China.

La máxima preocupación de la Fed para aquel día que subieron la tasa era la misma decisión de la Fed.

La reacción en cadena ha pegado con mucha fuerza en los mercados emergentes, en especial los que son dependientes de las materias primas. Pero también ha tenido efectos en la economía estadounidense.

La inflación tiene más riesgos de disminuir que de subir en ese país y es evidente que la fortaleza del dólar es un lastre para sus exportaciones y por lo tanto, para su industria manufacturera. Y ni hablar del sector energético.

Fischer dijo esta semana en Nueva York que no sabe qué acciones tomará la Fed, lo cual es cierto, porque él es sólo el vicepresidente. Pero también recuerdó que su política monetaria se mantendrá acomodaticia.

Una frase clave de este banquero central es que el mundo es hoy un lugar incierto. Y es determinante porque en la situación global, tan impredecible como es, se podría justificar una marcha atrás al aumento de la tasa o al menos una contundente señal, incluso fuera de los tiempos del calendario de reuniones de política monetaria, de que no piensan subir su tasa de interés en lo que resta del año.

Dicho sea de paso, las determinaciones de política monetaria que juegue la Fed en este 2016 podrían tener un impacto electoral. Una restricción monetaria que encarezca el crédito correría en contra del ánimo de los electores que tratan de convencerse del buen desempeño económico de los demócratas en la Casa Blanca.

Fischer es uno de tantos que toman decisiones. Es, sin embargo, un aliado de Janet Yellen, y por lo tanto, un transmisor del pensamiento de la presidenta de la Fed.

Puede ser un guiño con la corrección de lo que hicieron en diciembre, cuando pensaban diferente a lo que la terca realidad nos restriega este año en la cara a todos.

Si esto que piensa don Stanley logra ser el consenso del resto de los integrantes del Comité Federal del Mercado Abierto, sería necesario que lo dieran a conocer lo antes posible, porque cada día se complica más el escenario financiero y económico de Estados Unidos y del mundo.

Un relajamiento en la visión monetaria de Estados Unidos podría ayudar a calmar un poco los ánimos, porque los capitales podrían ser menos estrictos en sus decisiones de dirección de sus portafolios.