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Era tanta la necesidad del secretario de Hacienda, Carlos Urzúa, de demostrar a los mercados financieros que el paquete presupuestal que entregaba al Congreso era tan responsable que antes de ir a comparecer ante los legisladores se apresuró a tuitear en inglés las bondades macroeconómicas del presupuesto del 2019.

Y no es para menos, si alguien ha sufrido las consecuencias de los caprichos de la cuarta transformación ha sido precisamente el titular de las finanzas públicas.

Urzúa siempre estuvo del lado de los optimistas y confiados, como el jefe de la oficina de la presidencia, Alfonso Romo, que creyeron que el sentido común acompañaba a las decisiones del entonces presidente electo y que se mantendría la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (NAIM).

Incluso, dentro de ese grupo había muchos de hablaban de los mecanismos de auditoría profunda a la obra y de una eventual concesión a la iniciativa privada para que el costo presupuestal se redujera a cero.

Cuando el equipo de transición se acercó por primera vez a las entrañas de las cuentas públicas, para iniciar sus propios cálculos del primer año de gobierno, hacían sus estimaciones iniciales con un tipo de cambio en torno a los 18.50 pesos por dólar, con tasas interés 100 puntos base más bajas que las actuales y con ese sentimiento de confianza de los inversionistas al alza, tras el resultado electoral.

No hay duda de que sin el episodio de la cancelación de la construcción del NAIM, los mercados no hubieran reaccionado como lo hicieron ante ocurrencias como aquellas de legislar para regalar los servicios bancarios o confiscar las cuentas del ahorro para el retiro de los trabajadores habrían quedado así, como ocurrencias trasnochadas de legisladores urgidos de atención mediática.

Para cuando empezaron los trabajos reales de confección del presupuesto para el 2019, el gobierno de transición ya se había autoinfringido un duro golpe financiero que costará caro por mucho tiempo.

Si no hubieran echado a patadas al sentido común de la cuarta transformación, el Paquete Económico recién presentado para el 2019 habría tenido mucho más margen de maniobra para cumplir con las promesas verdaderamente torales de la campaña presidencial de López Obrador.

No sólo por los dos pesos más caro que hoy es el dólar o por los miles de millones de pesos adicionales que hay que pagar por el aumento en las tasas de interés. Ni siquiera por los cientos de miles de millones de pesos que han salido del país por la desconfianza.

Simplemente, habría tolerancia para un poquito de deuda, un poquito de déficit y un poquito más de gasto en esos planes asistencialistas que tanto gustan al gobierno actual.

La primera preocupación que tuvo el equipo hacendario fue vender el Paquete Económico como responsable con la estabilidad macroeconómica. Evidentemente, aquí se pagó una pequeña parte del error de octubre.

La mayoría del presidente en el Congreso será obediente a los planteamientos de López Obrador, si no se le debe cambiar ni una coma, así lo aprueban. Pero si por el contrario la presión de la opinión pública lleva al presidente a aceptar que cometió un error con los presupuestos universitarios, sin chistar los diputados asignarán lo que haga falta para subsanar esa falla de humanos del primer mandatario.

Es un sueño navideño, pero si está en la fase de aceptar las fallas y corregir los errores, ¿podría el presidente hacerse un favor y de paso hacérselo a la estabilidad corrigiendo la pifia de cancelar la construcción del aeropuerto?

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