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Lenin advirtió: raspa la piel de un extremista y encontrarás debajo a un oportunista. Y en nuestra Cuarta Transformación, el premio es para el nominado secretario de Comunicaciones y Transportes.

Buen lector del culto a la simulación que viene, Javier Jiménez Espriú decidió ser más papista que el Papa:

“En un país con 60 millones de pobres, 80 hospitales saturados y miles de escuelas deplorables, ¿con qué derecho vamos a tener el aeropuerto más lujoso del mundo, el más caprichoso? Eso es lo que debemos de decidir como nación”.

Pero sólo busca congraciarse. Alguien de inteligencia media sabe que se necesita el NAIM, porque el arribo de extranjeros deja 20 mil millones de dólares al año: nuestra segunda entrada de dólares, después de las remesas, que aportan 30 mil millones.

Sin embargo, Jiménez Espriú habla para su jefe, no para quienes pagarán su salario, si su nominación sobrevive hasta diciembre. Como un anciano sabio, ya vio por dónde viene la cosa: fotos en mesas vacías, alimentos en lugares de comida rápida…

Si en el sexenio pasado el ruego era: “Dios, haz que parezca moderno, mundano y que me vaya bien”; en el próximo será: “Dios, haz que parezca pobre, pueblerino y que soy austero”. A sus 81 años, Jiménez Espriú vivió lo suficiente como para saber leer los tiempos.

Con el NAIM avanzado al 31 por ciento, debería defenderlo, y no parecer un demagogo: si nos entran 20 mil millones de dólares anuales por turismo (aún con la galopante violencia que vivimos, y el aeropuerto de quinta que tenemos), nos iría mejor sin inseguridad y un gran aeropuerto.

Y la violencia terminará pronto, con el ejercicio del nuevo gobierno. Entonces, ese dineral que entra al presupuesto por turismo internacional, la administración de la que sería parte Jiménez Espriú, podrá dedicarlo a eliminar la pobreza y construir más hospitales.

Pero en la próxima etapa, la picardía de hombres que han vivido mucho no sólo la tiene Jiménez Espriú. También, Héctor Vasconcelos, el senador de 73 años, a quien duró la nominación como canciller hasta que se la dieron a Ebrard.

“Es hipócrita defender los derechos humanos en Siria cuando no lo hacemos en Guerrero. La mejor política exterior es una buena política interior. México debe limpiar la casa antes de alzar la voz en la comunidad internacional”, así decía Vasconcelos cuando ya se veía.

Pura demagogia: lo de Guerrero es asunto de lucha entre carteles por control del tráfico de drogas, y rara vez toca a la población civil; mientras en Siria las potencias lanzan bombas contra civiles y el gobierno mata a niños con gases venenosos.

Aunque de este tipo de avenencias asequibles tendremos bastante…

Se llama Cuarta Transformación.