A Sandra Monroy la conocimos este fin de semana al publicarse esta fotografía y el trabajo visual realizado por la fotoperiodista Sashénka Gutiérrez.

La imagen de una mujer de 36 años quien decidió compartir su historia con las mujeres, hombres y sobre todo, con quien se encuentra en el proceso de aceptar el diagnóstico y el tratamiento de cáncer de mama nos ha dejado sin aliento a muchos durante estos días.

No es que sea el mes de prevención del cáncer de mama, es la fortaleza y la vida misma que es la que se encuentra en esta fotografía.

A tres meses de haberse sometido a una masectomía bilateral, su valentía se ve intacta al posar semi desnuda en el interior de su casa frente al lente de Sashénka.

Esta escena la dividiré en distintas partes, porque lo que veo es una línea de cuatro mujeres que sin planearlo a detalle, aparecen cobijándose una a la otra, como una especie de entretejido que provoca esto que usted y yo vemos.

Tres mujeres que se desdoblan ante la valentía de Sandra, una que observa y cautelosamente dispara su cámara. Cuidadosamente presiona su dedo para hacer click, no es momento de una ráfaga, ni de hacer mucho ruido, es observar y sentir para entonces capturar.

La fotoperiodista espera como quien aparece en una escena íntima y espera no ser vista, esta vez no es ella quien manda. No tiene un horario, esto no es una asignación cotidiana de la agenda, no es un “debe”, no es algo que pueda hacer rápido y marcharse.

Sashenka sabe que su labor como mujer, es observar hasta que la confianza se permee en el obturador, como la luz que le da la instrucción que es el momento de hacerse presente.

La segunda mujer es Gina Ramírez, la amiga de Sandra quien va acompañándola porque la valentía también necesita un soporte, un hombro, una mano que la sostenga. Ella aparece de espaldas, porque le enseña a Sandra que mirarla es ver el mar, sin descanso y en un horizonte infinito.

Se sabe importante, por eso aparece, pero no más que la madre de su amiga y es entonces que vemos a la tercer mujer, el sostén y el aliento de Sandra.

La madre, Teresa Mandrujano abraza lo que es suyo, la niña aquella que creció en su vientre y que ha visto crecer. La besa porque es su chiquita, la toma del cabello como una caricia de unión y su mano izquierda la más cercana al corazón la coloca en su hombro, porque está con ella como su sostén, su recoveco, su hogar, su madre.

Cuatro mujeres que nos hablan con sus manos, Sashénka que aunque no se puede ver, imaginamos sus manos en la cámara, Gina quien acompaña a Sandra tomándola de su mano, la propia Sandra colocando su mano izquierda en señal de protección, mostrando la dualidad de su valentía y también su temor y así es como decide salvaguardarse, un poco.

La madre que la besa, que coinciden con los ojos cerrados porque el horizonte también se ve interminable de esta manera.

La mesa al fondo con las vendas y el material de curación, las flores y el reloj.

Un retrato que representa la vida con sus distintos matices, con los objetos que nos acompañan, con el tic tac de un reloj que alguien colocó en la pared y que resuena en los oídos de quien lo escucha, la amistad que se resume a quien se atreve a sostenerte la mano y la incansable maternidad.

El horizonte como vida, con su continuidad del día y la noche, con la de mirarse en el espejo y ver el mar, el incansable, el que no deja de moverse, ese que baila con el vaivén de las olas, como Sandra que decidió no quedarse quieta y esperar.

Ella renació y ahora lleva el mar consigo.

Sandra
Foto: Sashenka Gutiérrez/EFE