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Petróleos Mexicanos es la trampa perfecta y a este paso va a meter a México en varias crisis, empezando por una económico-financiera.

Pero también en una crisis ambiental, porque la visión dogmática de López Obrador relegó a las energías limpias y renovables.

Y con esta decisión de mantener un modelo estatista y contaminante en las industrias petrolera y eléctrica, México también tendrá problemas diplomáticos por el incumplimiento de los compromisos de combate al calentamiento global.

El recién publicado reporte “Pemex y la transición energética: respuestas oportunas a retos crecientes”, del Natural Resource Gobernance Institute, una Organización No Gubernamental sin fines de lucro, centra su atención en lo que tendría que hacer Pemex para evitar una catástrofe climática y económica.

Pero, en algún punto del documento deja ver algo crucial, Pemex es una trampa para las finanzas públicas nacionales.

El mundo no está a la espera de que México despierte de su regreso a esa visión energética de mediados del siglo pasado y sigue con su camino hacia la transición energética.

Es previsible que se produzca una caída progresiva y permanente en la demanda mundial de petróleo y la apuesta del gobierno de López Obrador es mantener a Pemex como ese monopolio estatal de los combustibles fósiles.

Está claro que una baja en el consumo mundial de petróleo hará que bajen los ingresos de las petroleras que se mantengan estáticas como Pemex y que el mercado interno será insuficiente para cumplir el volumen de ingresos que requiere esta empresa para sobrevivir con toda la carga financiera y laboral que porta.

Esta petrolera, la más endeudada del mundo, difícilmente podrá cumplir con sus expectativas de ingreso lo que hará que su deuda siga en aumento.

Sin embargo, los acreedores se mantienen muy dispuestos a seguir prestando dinero a Petróleos Mexicanos porque hoy tienen claro que cuenta con el respaldo gubernamental.

Es una bomba de tiempo que una empresa que está técnicamente quebrada, que tiene una pésima administración y proyectos perdedores, mantenga una deuda en los mercados que tiene que pagar enormes rendimientos por esa misma condición de fracaso.

Sin embargo, a pesar de que las firmas calificadoras consideran la deuda de Pemex como papel basura, y, por lo tanto, tiene que pagar como emisor de altísimo riesgo, los inversionistas están felices porque saben que este gobierno mexicano, que no le entiende, va a responder a 100% por la deuda de Pemex.

Si Petróleos Mexicanos fuera un país, tendría una nota crediticia más baja que Turquía, pero quien responde por sus deudas es un país emergente que, todavía, conserva el grado de inversión. El negocio perfecto.

Para salvar a Pemex, y con él al país, habría que bajar de inmediato la cortina en la mayor parte de sus actividades improductivas, dedicar lo poco sano que le queda a esa empresa al negocio básico de la extracción y venta de petróleo crudo, invitar masivamente a los privados al negocio tradicional y al de las energías limpias, y dedicarse durante varias generaciones a pagar esa deuda.

Desafortunadamente en el poder se mantiene una persona que compensa sus limitaciones con un arrastre carismático enorme y que quiere extender la política energética autodestructiva durante seis años más.