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La imagen es tan potente como reveladora: dos aviones presidenciales —el de Estados Unidos y el de Rusia— aterrizan casi en simultáneo en la base aérea Elmendorf-Richardson de EEUU en Alaska.

La escena, transmitida en directo, en todo el mundo no es un mero protocolo diplomático; es una coreografía minuciosamente calculada para proyectar poder, marcar jerarquías y enviar un mensaje inequívoco: así es como, de ahora en adelante, se manejarán las relaciones internacionales: bilateralmente y de manera directa y personal a nivel de los líderes. Adiós multilateralismo.

Minutos después, el presidente estadounidense Trump aplaude al presidente ruso Putin, recibido con alfombra roja y agasajado con un breve paseo en la limusina presidencial. No es un detalle menor que el invitado esté acusado de crímenes de guerra y sea buscado por la Corte Penal Internacional, al igual que Netanyahu, a quien Trump también recibió recientemente en la Casa Blanca.

La señal es clara: las consideraciones morales, jurídicas o de legitimidad internacional han dejado de ser un freno para la realpolitik.

Estamos siendo testigos de una nueva etapa en la política internacional, una era caracterizada por el “desorden” internacional y marcada por el predominio de relaciones bilaterales y vínculos personales entre líderes, en un contexto de debilitamiento extremo —cuando no de virtual invisibilidad— del multilateralismo. En este nuevo tablero global, la diplomacia se ejerce de líder a líder, particularmente entre las tres grandes potencias. Aunque Rusia se ubica por debajo de Estados Unidos y China en términos de poder económico y militar, su poderío nuclear y el liderazgo de Putin le ayudan a mantener un estatus de gran potencia, y esta cumbre supone un reconocimiento explícito de ese papel.

Se trata de una diplomacia personalizada, conducida por líderes que proyectan una imagen de fuerza y autoridad -a menudo con un marcado estilo de “macho alfa” con derroche de testosterona- y que se mueven guiados por la lógica de la competencia estratégica y la defensa de sus áreas de influencia. Este modelo desplaza el diálogo multilateral y concentra las decisiones trascendentales en espacios reducidos, entre pocos actores, con escasa transparencia y un alto componente de cálculo geopolítico.
Como Trump le recordó a Zelensky en la Casa Blanca, para participar en este pequeño y exclusivo club “hay que tener las cartas”.

Resumiendo: El orden liberal internacional que se configuró en 1945, y que durante décadas sirvió de marco para la gobernanza global, ha dejado de existir. Aquella arquitectura, sustentada en normas, instituciones multilaterales y consensos mínimos, ha sido sustituida por un escenario radicalmente distinto. Hoy, el poder duro vuelve a ser la principal moneda de cambio. Se impone el desprecio por el multilateralismo, la erosión deliberada del papel de la ONU y de las principales instituciones internacionales, así como la vulneración sistemática del derecho internacional público, del derecho internacional humanitario y de las reglas comerciales de la OMC, instrumentalizadas según la conveniencia de las potencias.

Las relaciones internacionales actuales se definen, en gran medida, por vínculos estrictamente personales y bilaterales, anclados en la lógica de la fuerza y la reafirmación de esferas de influencia. En este contexto, los compromisos universales ceden ante acuerdos transaccionales entre líderes, donde el cálculo inmediato de poder prevalece sobre cualquier noción de bien común global.

No se trata únicamente de un cambio estructural, sino también cultural: hemos pasado de un mundo imperfectamente regido por reglas a otro en el que la norma es la excepción y la fuerza dicta el orden. Entender esta transición es crucial para reflexionar sobre el lugar que ocupamos —como países, como ciudadanos y como actores— en un sistema que ya no premia la adhesión a principios, sino la capacidad de imponerlos.

La cumbre entre Putin y Trump no es un evento aislado; es el símbolo más visible de esta mutación geopolítica. Un recordatorio de que, en la arena internacional actual, los códigos que marcarán el rumbo ya no se escriben en salas de conferencias de organismos multilaterales, sino en encuentros a puerta cerrada, entre quienes concentran el poder y están dispuestos a ejercerlo sin concesiones.

Por Daniel Zovatto
Director y editor de Radar Latam 360