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Hastiado de la embestida por haber entrevistado al inasequible dictador sirio Bachar el Asad (2013), el francés George Malbrunot dejó esta frase, que rubrico al cien: “Los periodistas no somos policías de la moral, el mundo no debe escuchar sólo a los pacifistas”.

Decepcionada por las respuestas sin carne ni riesgo del líder palestino Yasser Arafat, a quien Oriana Fallaci había perseguido por años, la periodista italiana escribió en la memorable crónica que abre paso al enjuto diálogo (1972): “La entrevista duró 90 minutos, gran parte de los cuales se perdieron traduciendo las respuestas que él me daba en árabe”.

Memorable también fue el relato de Julio Scherer que acompañó a su tímida conversación con el temible Mayo Zambada (2010). Scherer no pudo obtener del aún prófugo narcotraficante mucho más que expresiones de esta clase: “El monte es mi casa, mi familia, mi protección, mi tierra, el agua que bebo; la tierra siempre es buena, el cielo no”.

En los compendios de las mejores entrevistas de la historia suele incluirse la de George Sylvester Viereck a Hitler (1932). De nueva cuenta, el retrato del personaje que hace el escritor supera con creces a las respuestas que consigue extraerle:

“—¿Cuáles son los pilares básicos de su plataforma?” —presiona Viereck.

“—Creemos en una mente sana en un cuerpo sano. El cuerpo político debe estar sano para que el espíritu pueda ser saludable. La salud moral y la física son la misma cosa” —contesta mecánicamente el Führer.

Me ha sorprendido, por tanto, la manera simplona con que analistas reprueban el trabajo de Sean Penn sobre el Chapo Guzmán en Rolling Stone. Increíble, pero hay plumas y mentes arcaicas que siguen condenando la “indebida conducta” de darle voz al criminal, como si escuchar a criminales de la dimensión del sinaloense no fuera un fascinante ejercicio para entender qué significa el poder; su inmenso poder.

Más me sorprenden las críticas teleológicas de respetados colegas que echan en cara a Sean Penn no haber obtenido grandes revelaciones del Chapo, por lo que el texto termina siendo propaganda, tendencioso endiosamiento. No les importa mayormente que el actor advierta que las preguntas tuvieron que formularse a distancia y El Chapo respondió lo que se le pegó la gana.

Creo que como los de Fallaci, Viereck, Scherer, el trabajo de Penn es un extraordinario documento periodístico por su subjetivísima, sí, desprolija, sí, pero cuantiosa en imágenes e información y narración introductoria. Y por permitirnos ver y escuchar al poderoso en su refugio. Él y Kate del Castillo supieron entrar a donde nadie había podido. Ningún periodista había estado tan cerca ni dibujado con ese detalle al Chapo. Y quizá ya ninguno pueda volver a hacerlo.

Por eso pienso que el texto acabará en las mejores compilaciones periodísticas sobre personajes extraordinarios en momentos excepcionales. Felicidades.

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