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Es indudable que la visita del presidente López Obrador a Estados Unidos conlleva riesgos. Aunque Trump ha sido personalmente cuidadoso con el Presidente, sabemos que es capaz de decir o hacer lo que sea. Y tanto los migrantes como México están en su lista de villanos favoritos. Con todo, no veo cómo la reunión podría ayudar a la campaña del presidente estadunidense, tal como lo advierten varios analistas.

Seguramente Trump piensa que la visita le sumará a su reelección. Es imposible saber cómo llega a esa conclusión, pero si lo que espera es recibir un empujón similar al que le dio en 2016 el encuentro con Enrique Peña Nieto en México, me parece que se equivoca rotundamente.

Y es que los tiempos son muy distintos. Entonces el candidato Trump era un desconocido en la política, un outsider que necesitaba acreditarse y mostrar fuerza en el mundo. Por ello, Laura Ingraham, una de las voces conservadoras más influyentes allá, calificó la sorpresiva visita como un “golpe maestro” que le dio un gran impulso a la campaña de Trump.

En su libro sobre la elección en 2016 (Busting the Barricades), la también conductora de Fox News escribe que aquel encuentro dio credibilidad al candidato, animó a sus bases y marcó el inicio de una campaña en ascenso: “Trump se vio serio, respetable y presidencial a nivel internacional”.

Ahora Trump ya no es un desconocido y los problemas que enfrenta su país a raíz de la pandemia y de sus malas decisiones le restan importancia electoral a México y a la relación bilateral. Ni siquiera creo que estos temas incidan en sus bases, ya que ahí las opiniones están cristalizadas a su favor. Y menos veo que pueda sacar provecho con nuestros “paisanos”, pues nada hay para ellos en la agenda de la reunión.

El riesgo político de aquel lado de la frontera más bien tendrá que ver con la lectura que Biden y los demócratas hagan del encuentro. Al margen de las intenciones de Trump y aun cuando no haya impacto electoral, un raspón en ese flanco no puede descartarse. Y a la luz de las encuestas, ese sí es un riesgo que no debe ignorarse y que exigirá toda una estrategia de control de daños, como lo reconocen en privado los propios diplomáticos mexicanos.