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El desgobierno de las pequeñas cosas alude al gobierno, pero el mundo privado no canta mal sus rancheras kafkianas.

El martes pasado, como a las 2 de la tarde, di de alta una cuenta electrónica en el sitio de mi banco de los últimos años, “El banco fuerte de México”.

Para activar una cuenta ahí, hay que entrar dando el nombre de usuario, la contraseña y el número que aparece en un maravilloso aparatito llamado token, que cambia algorítmicamente sus cifras y no repite nunca un número.

Hecho esto, hay que poner los datos de la cuenta que se quiere activar (número, propietario y un alias) y escribir de nuevo la contraseña propia y el número que hay en el token.

Luego, hay que esperar media hora a que llegue un correo del banco con un código de seguridad para activar con él la cuenta. Luego, hay que esperar hora y media para que la cuenta se active de verdad.

A las 9 de la noche de ese martes, ya con la cuenta activada, traté de hacer el depósito que me urgía. Puse los datos de usuario, mi contraseña y el token, pero el sistema del banco rechazó cinco veces mi contraseña, la que yo he usado y el sistema aceptado todos estos años.

Al quinto rechazo, me informaron que mi token había sido bloqueado y que debía llamar a un número 1 800. Una voz grabada me remitió a otro número, donde esperé varios minutos a que hubiera un ejecutivo disponible.

El ejecutivo disponible me dijo que él no podía reactivar el token, sino un compañero especializado en eso. El compañero especializado le dijo al disponible que tampoco él podía, porque tenía caído el sistema. Que llamara yo a las 11.  Llamé a las 11 y una voz grabada me dijo que las horas de ventanilla se habían vencido a las 10.

Pasé parte de la mañana del miércoles tratando de hablar con otro ejecutivo, hasta que llegué a la ejecutiva correcta como a las 2 de la tarde, hora en que mi token quedó felizmente reactivado y yo con material para esta columna escarmentada sobre el desgobierno de las pequeñas cosas.

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