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A veces las costumbres políticas tardan más tiempo en morir que los regímenes. Sobreviven a revoluciones y dictaduras, a guerras y a grandes cambios históricos.

El dedazo es una costumbre política mexicana que se niega a abandonar el escenario. Consiste en que alguien elige discrecionalmente, a dedo, por encima de asambleas o elecciones internas, a los candidatos de un partido, en particular a los candidatos presidenciales.

La edad de oro del dedazo mexicano es la de los años de oro del PRI, en los que el presidente podía designar al siguiente candidato presidencial del PRI, sin que esto produjera rebelión ni motines ni grandes sobresaltos.

Se diluyó aquel PRI hegemónico en 1988,  año de su escisión histórica, la encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas, y el PRI fue perdiendo paso a paso el control de la política nacional hasta perder la Presidencia en 2000, por 12 años.

Un presidente del PRI se designó candidato en 2006 y quedó en tercer lugar. Una coalición de gobernadores llevó a Enrique Peña Nieto a la candidatura presidencial del PRI en 2011 y ganó con un tercio de los votos.

La reciente asamblea del PRI ha dejado claro que el presidente Peña Nieto será nuevamente el gran elector de ese partido y que su dedo, su voto, decidirá, por razones que él solo conoce y que no comparte con nadie, al siguiente candidato a la Presidencia.

Es un dedazo de mucho menor peso que los de la edad de oro, pues el presidente Peña Nieto escogerá al candidato presidencial de, si le va bien, un tercio de los votantes del país, no al seguro nuevo presidente.

El otro 66 por ciento del electorado está libre del dedazo del PRI, pero no de la costumbre nacional del dedazo. Todo el territorio político que hoy conforma Morena, otro tercio de los votantes del país, está guiado por las reglas del dedazo.

Morena estrenará pronto una variedad del dedazo que, por definición, estuvo prohibida al PRI: el autodedazo.

El presidente en funciones de ese partido, que es también su fundador, se ha designado ya candidato a la Presidencia.

La tradición del dedazo domina todavía al menos dos tercios de las decisiones fundamentales de la sucesión presidencial mexicana. Las costumbres políticas tardan en morir.

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