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Hay que decirlo sin rodeos: el combate a la corrupción tiene muchos detractores, no sólo entre los corruptos y sus aliados. Hay gente decente y bien intencionada que desconfía de la lucha contra la corrupción, que le teme, porque ésta generaría incertidumbre.

Un buen ejemplo de lo anterior es el texto que sigue: “La lucha contra la corrupción es claramente encomiable. De cualquier modo, a menudo el combate a la corrupción puede llevar a un incremento en la volatilidad de los mercados en la medida en que viejas estructuras se rompen antes de ser remplazadas por nuevas estructuras”.

Esto lo publicó Citi como parte de un análisis de la reciente gira de López Obrador a Nueva York. Está en el cuarto párrafo de la primera página del documento. No conozco a los autores, Julio Zamora y Nydia Iglesias. Doy por hecho que son gente intachable. Su texto es valioso, entre otras cosas, porque expresa con claridad una de nuestras paradojas: estamos hartos de la corrupción, pero preocupa que el combate a la misma produzca resultados no deseados. Éstos pueden ser volatilidad en los mercados, paralización parcial de los negocios con el Gobierno, el triunfo de López Obrador… o las tres cosas.

En una línea de argumentación parecida se dio el diálogo entre el presidente Peña Nieto y los integrantes del Consejo Mexicano de Negocios, en mayo pasado. La reseña del New York Times omitió una parte fundamental del diálogo: éste comenzó con comentarios de los empresarios más importantes de México donde expresaban su temor por el avance de López Obrador, de cara al 2018. La respuesta del presidente fue la parte que quedó registrada en The New York Times: la publicación de denuncias de corrupción hará más fácil el avance de López Obrador, dijo el mandatario, sobre todo si sólo se habla de la corrupción priista y no se refleja la de otras fuerzas políticas.

El diálogo fue cordial y dejó pensativos a muchos de los grandes empresarios. ¿A quién favorecen las denuncias de la corrupción? ¿Qué se puede hacer? El caso Odebrecht sobrevuela en círculos, como un buitre. Es una fábula sin moraleja. El destape de la red de corrupción que tejió la constructora ha tumbado ministros y llevado al banquillo a expresidentes. En lo económico ha significado la pérdida de valor de muchas empresas, la suspensión de grandes proyectos de infraestructura y un menor crecimiento del PIB.

El dilema parece ser: ¿prefieres una sociedad corrupta pero relativamente estable o una sociedad en vías de honestidad aunque sumida en el caos? Podemos adivinar la respuesta, si la pregunta se dirige a una persona que ha hecho buenos negocios con el lado siniestro del sector público. Combate a la corrupción, para él o ella, significará el fin del negocio.

La inmensa mayoría preferiría la intensificación del combate a la corrupción y aceptaría gustosa algunos de los efectos secundarios, si eso significara el principio del fin de la corrupción. El mejor antídoto contra López Obrador no son las coronas de ajo en las puertas, sino fortalecer las instituciones y enfatizar que esa lucha no es cosa de caudillos. La opción más burda es probar que él y su equipo también son corruptos. Lo que el país necesita es fortalecer las instituciones que luchan contra la corrupción. Esto llevará mucho tiempo y traerá volatilidad, pero no todo son problemas: ¿con qué instrumento se mide la calidad del aire de los negocios en el sector público?

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