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Hay fenómenos naturales difíciles de explicar: los eclipses, los hoyos negros y el petróleo que aparece solo en el Golfo de México, como si la naturaleza, en un arrebato nacionalista, hubiera decidido exprimir sus propias entrañas para recordarnos que seguimos siendo un país petrolero —someramente— para bien o para mal.

Porque resulta que desde inicios de marzo una mancha de chapopote decidió pasearse por más de 100 kilómetros de la costa, desde Tamaulipas hasta Tabasco, extendiéndose hasta 600 kilómetros mar adentro. Una especie de turista oscuro, pegajoso y poco discreto que, a diferencia de los vacacionistas de Semana Santa, no necesita reservación ni paga hotel, pero sí deja todo hecho un desastre.

Lo sorprendente es que nadie sabe de dónde salió la mancha y si hay algún responsable de su existencia. Es, digamos, un derrame huérfano. Petróleos Mexicanos, siempre atento, declaró que tras “inspecciones técnicas” no encontró fuga alguna en sus instalaciones: “No fuimos nosotros, se los juramos por la Virgen de Guadalupe y por la refinería de Dos Bocas”. Y uno les cree, porque si algo ha caracterizado históricamente a Pemex es su impecable historial ambiental, ¿o no?

Por su parte, la gobernadora de Veracruz, Rocío Nahle, apuntó hacia un barco de una petrolera privada. Un barco sin nombre, sin apellido, sin matrícula visible. Un barco tímido, casi introvertido, que derrama petróleo, pero no deja tarjeta de visita. Un barco fantasma, pues. Y aquí es donde la historia se pone interesante, porque México ya no solo exporta petróleo, también exporta realismo mágico, tenemos un barco fantasma que tira chapopote en vacaciones.

La presidenta, Claudia Sheinbaum, en su mañanera del 23 de marzo, aseguró que se están haciendo investigaciones y que podría tratarse de un delito penal. Lo cual verdaderamente tranquiliza, porque en nuestro país cuando algo es delito y se investiga a veces hasta se encuentra algo. Y cuando se encuentra algo, ocasionalmente, se castiga.

Mientras tanto, la mancha sigue su recorrido turístico. No paga pasaje, no respeta fronteras estatales, se desliza con elegancia tóxica sobre el Golfo, arruinando ecosistemas, afectando arrecifes y perjudicando a los que menos tienen que ver con ella, los pescadores que ven cómo sus redes se llenan de petróleo en lugar de peces; los prestadores de servicios turísticos que contemplan playas que parecen haber sido barnizadas con chapopote; y a la fauna marina que muere en silencio, sin una conferencia mañanera que los defienda.

Según versiones periodísticas, el famoso barco fantasma podría ser en realidad un barco “huachicolero”. Es decir, no solo tenemos huachicol en ductos, también en altamar. El ingenio nacional no conoce límites: si algo se puede robar, se roba; si se puede derramar, se derrama; y si se puede negar, se niega.

Claro, para que un barco opere impunemente, robe combustible, navegue sin ser identificado y además deje un desastre ecológico de ese tamaño se necesita algo más que buena suerte. Digamos que se requiere una especie de bendición invisible, un manto protector que en México suele llamarse “influencias”.

Mientras tanto, el Golfo de México se convierte en una metáfora del país: un lugar rico en recursos, explotado hasta el cansancio, cubierto por una capa de impunidad que flota, se expande y, curiosamente, nunca tiene dueño.

Y así, entre barcos invisibles, manchas sin origen y autoridades que investigan lo que no encuentran, el país sigue navegando. No sobre aguas claras, sino sobre una espesa capa de chapopote donde todos saben lo que pasa, aunque nadie lo haya visto.

Fuera de lugar

El pasado sábado se reinauguró el que durante 60 años se llamó Estadio Azteca, ahora Estadio Banorte, precisamente el nombre del banco al que me referí en mi columna del pasado jueves y que espero pronto responda a mis reclamos —expediente de Condusef 2026/090/1938— lo antes posible, de lo contrario insistiré en mi justa demanda pese al influyentísimo de sus dueños.