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Otra vez las actividades primarias le echan una mano al comportamiento de la economía mexicana y ayudan a paliar lo que se anticipa como un resultado negativo del Producto Interno Bruto (PIB) durante el tercer trimestre de este año.

El peso económico de las actividades agropecuarias es bajo, comparado con los sectores secundario y terciario.

De acuerdo con el último dato del Indicador Global de la Actividad Económica (IGAE) de agosto pasado, mientras que el sector secundario presentó una contracción de -2.7% anual y el sector terciario apenas se expandió 0.8%, el sector primario tuvo un robusto crecimiento de 15.3 por ciento.

La opacidad y los “otros datos” hicieron a la burra arisca y suena como un dato muy conveniente que el campo saque la cara por el resto de la economía para no caer en una recesión que tanto detestaría el gobierno actual.

Pero hay otros indicadores que refuerzan ese comportamiento del súper agro mexicano, como el más reciente dato de la inflación que publicó ayer 23 de octubre, el Inegi.

Hay que decir que muchos de los precios de los productos agropecuarios están regidos por estándares internacionales, pero es un hecho que hay una disminución en los precios de algunos productos de la tierra.

En México se puede explicar empíricamente ese incremento tan notable en la producción agrícola que refleja el IGAE con una temporada de lluvias histórica, que ha llevado a que el subíndice de frutas y verduras, del Índice de Precios al Consumidor, presente una reducción de -8.38% en términos anuales, hasta el cierre de la primera quincena de este mes.

Los productos pecuarios sí han aumentado más durante este año en comparación con los años anteriores, también muy en línea con los precios del mundo.

Así, en México el subíndice de productos pecuarios acumula un incremento anual de 8.27% porque, también en el mundo, el Índice de Precios de la Carne de la FAO está hoy en niveles máximos históricos.

La buena noticia es que la bajada en los precios de frutas y verduras ha ayudado a paliar otros incrementos en los precios. La quincena pasada la inflación subyacente tuvo un registro anual de 4.24%, mientras que la no subyacente, donde están los productos agrícolas, registró 1.58 por ciento.

Otra vez ahí se nota la ayuda del campo para tener un registro de inflación general de 3.63 por ciento.

Pero es ahí donde hay que tener cuidado con las cifras, tanto del PIB como de la inflación.

Por un lado, el sector primario representa entre 3.0 y 4.0% del PIB, y de ahí la agricultura representa 55%, lo que no alcanza realmente a compensar el impacto de la caída actual del sector secundario y el estancamiento del comercio y los servicios.

Y en cuanto a la inflación, los movimientos cíclicos del índice no subyacente pueden proyectar un efecto de espejismo en la baja inflacionaria, porque esa inflación va a subir y va a afectar a la inflación general.

Sobre todo cuando vemos que los subíndices de alimentos y servicios de la inflación subyacente están por arriba de 5.2% anual.

El campo resuelve los datos macroeconómicos, pero a costa de una sobreproducción que se traduce en bajos precios que afectan la rentabilidad de los productores.

La opacidad y los “otros datos” hicieron a la burra arisca y suena como un dato muy conveniente que el campo saque la cara por el resto de la economía para no caer en una recesión que tanto detestaría el gobierno actual.