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Parece broma, pero no lo es. Luego de varios días de amenazar con la catástrofe arancelaria, y de caracterizar al gobierno de México como intolerablemente aliado con el narco, Trump levanta el pulgar y concede a su vecino un mes más de respiro.

Sus aranceles quedan en pausa hasta el 2 de abril. Es una buena noticia, distiende el trato bilateral y aplaza al menos por un mes los efectos negativos de sus mandatos tarifarios.

Al mismo tiempo es una mala noticia, tanto en términos económicos como en términos políticos.

En términos económicos, porque no suspende la incertidumbre básica, siembra un nuevo horizonte de riesgo y le quita a los inversionistas la posibilidad de planear a largo plazo sus decisiones. Prolonga la incertidumbre, más que resolverla.

Si a eso se añaden los factores de incertidumbre interna, venidos del gobierno, señaladamente el engendro de elección del Poder Judicial, y el asalto a la división de poderes perpetrado en la Constitución, México parece un riesgo, más que un imán para las inversiones.

Políticamente la situación no es menos preocupante. El gobierno de México está siendo llevado al cadalso de la crisis arancelaria y perdonado, mes con mes, por el gobierno de Trump. Apareció en su horizonte un factor político inesperado que va marcándole el paso y pidiéndole cuentas. Cada treinta días.

El gobierno de Estados Unidos está mirando a México como nunca y exigiéndole como nunca. Es el único factor de peso que restringe o pone condiciones a la hegemonía morenista y a la popularidad de la presidenta Sheinbaum.

Una sabiduría cachazuda de los presidentes priistas viejos fue tratar lo menos posible con Washington, cumplir lo que les pidieran sin chistar pero no entrar en demasiados detalles.

Lo ha visto y desmenuzado Soledad Loaeza en su libro A la sombra de la superpotencia. Tres presidentes mexicanos en la Guerra Fría: 1945-1958.

Lo que tenemos ahora es todo lo contrario: un presidente estadunidense que se ocupa de México, lo amenaza cada mes con aranceles catastróficos, y juzga en público sus rendimientos.

Trump ha construido un callejón portable de amenazas donde meternos cada vez que quiera. Y ahí estamos, cada mes, a la espera de sus humores.