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Pues sí, por la cantidad de acciones ejecutadas, sí parecería que hay una acción deliberada para debilitar al país en su conjunto.

Evidentemente hay una acción estructurada para minar la economía, la confianza, las instituciones, la unidad nacional, la imagen internacional y cuánta fortaleza solía tener este país.

Este plan, que hoy está en marcha y a todo vapor, inició desde hace mucho tiempo. No como un frente opositor amplio, sino como un frente opositor divisor. A través de crear encono y con un discurso de división social con el objetivo de llegar al poder.

Las actividades destructivas iniciaron desde antes del ascenso al poder. La cancelación de la construcción del aeropuerto de Texcoco fue una doble muestra de los alcances demoledores. Por una parte, la absurda cancelación de una obra de altísima utilidad y rentabilidad con un avance cercano a 40% sin una sola razón válida. Y, por otro lado, la demostración de que aun desde antes de asumir plenamente el poder, ya se mandaba en este país.

Y en este plan de destrucción de la nación sin alternativa viable no había ningún secreto. No existían esos documentos caricaturescos con marca de agua con la palabra “confidencial”.

La verdad es que no hubo engaño. Desde un principio se tenían a la mano, publicados y ampliamente distribuidos los planes de transformación. Ya fueran libros o discursos quedaba claro que no había un rumbo claro, más allá de una retórica ideológica y una añoranza de un pasado irrepetible.

El punto de partida era simple: todos son corruptos menos los convertidos a la 4T y los recursos presupuestales son para dar dádivas al pueblo bueno. Pero ni el más destructivo de los planes de la estabilidad nacional contaba con los efectos devastadores de una pandemia del tamaño de la Covid-19.

No era lo mismo llevar la economía al estancamiento con cero crecimiento en el 2019 y aguantar, que enfrentar pronósticos de caída económica de dos dígitos. Con una crisis global de este tamaño, todo lo malo empeora.

Sí, México enfrenta una acción deliberada de debilitar la confianza, de destruir instituciones y de centralizar todo el poder. Sólo que ese complot no es opositor, ni extranjero, ni extraterrestre. Es una consecuencia de las acciones del actual gobierno federal.

Ante los cálculos de que el desencanto de la 4T se acelera y ante las evidencias de una baja en la popularidad, que se refleja en todas las encuestas, parece que llegó el momento de echar mano de la siguiente etapa de lo que marcan los manuales de propaganda más afamados del mundo.

Simplificación, enemigo único, cargar al adversario los errores propios, propaganda popular, orquestar un discurso y repetirlo constantemente, en fin. Todos esos principios goebbelianos de amplio dominio por parte de los que hoy están en el poder.

Aquel bloque opositor divisor logró sus objetivos en los años previos al triunfo electoral. Lo hicieron a costa de polarizar a la sociedad. Hoy desde el poder ese bloque no es opositor, es gobernante, pero es igual de divisor.

Evidentemente que los alcances destructivos de tener a su servicio todas las estructuras del Estado hacen prever que el trabajo propagandístico será mucho más intensivo.