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Creo que un error político del tercer Informe de gobierno del presidente Peña Nieto fue ponerle nombre al adversario que le preocupa para la sucesión de 2018.

Le llamó “populismo”, pero todos oyeron “López Obrador”. El Presidente se introdujo así en un terreno muy conocido para AMLO: victimizarse como perseguido por el poder y alzarse como alternativa única frente al Presidente y el gobierno.

López Obrador jugó bien esas cartas durante el desafuero que intentó imponerle Vicente Fox en la sucesión del 2006.

Está en condiciones de volver a jugar el papel de adversario perseguido o satanizado por el Presidente.

La identificación de López Obrador como el adversario a temer, un renovado “peligro para México”, abona a la estrategia del jefe de Morena.

Hasta donde puedo ver, el núcleo de esa estrategia es que la batalla política de 2018 sea entre dos opciones: la “mafia en el poder”, que incluye a todos los partidos y al gobierno, y la causa ciudadana de oposición, que incluye a López Obrador y sus aliados.

Lo ideal para López Obrador es que, aunque contiendan diez partidos, la elección presidencial se convierta en una especie de plebiscito entre el gobierno y sus aliados y López Obrador a los suyos.

Sería la puesta en escena de una segunda vuelta electoral, justamente temida por los priistas, que se saben en minoría frente al conjunto de las fuerzas políticas, planteada desde la primera:

¿Por quién quieren votar: por el PRI y sus aliados o por López Obrador y sus aliados? ¿Por la mafia en el poder o por la renovación nacional? ¿Por la continuidad o por el cambio?

Tendrían que estar muy arriba los logros del gobierno en 2017 para que la idea de la continuidad triunfe sobre la atracción del cambio.

Me parece que el pasaje del tercer Informe sobre los peligros del populismo ayuda a delinear la dualidad que busca AMLO.

Las cifras de la elección de 2015 y las alianzas previsibles entre partidos, anuncian de por sí un escenario electoral polarizado.

Comentaré estas tendencias mañana.

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