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Las evaluaciones del primer debate presidencial sugieren el triunfo de Ricardo Anaya y la persistencia de la ventaja de López Obrador.

Fueron los dos ganadores del debate. Anaya porque ganó credibilidad como el contendiente de la elección. López Obrador porque salió del trance sin grandes pérdidas, aunque con visibles vulnerabilidades.

Sintomática del ánimo del puntero fue la salida solitaria que hizo al término del debate, sin despedirse de nadie, dejando el escenario a sus contendientes, luego de recoger sus cosas como después de un mal juego, y caminando con lentitud hacia el pobremente iluminado fondo del set.

Durante el debate, por primera vez, los adversarios de López Obrador concentraron en él sus baterías y dieron en el blanco varias veces.

Le hicieron preguntas directas que no pudo contestar, le recordaron contradicciones políticas que no pudo explicar, lo abrumaron con la discusión sobre su propuesta de amnistía y corrigieron con cifras sus certezas sobre el éxito de su gestión como jefe de Gobierno de la ciudad.

López Obrador mantuvo su decisión de no engancharse, pero perdió, por largos momentos del debate, la sonrisa y el humor.

Parecieron incomodarlo más que nada la descripción de Morena como un negocio familiar y el paulatino darse cuenta de que, ante el fuego graneado, con frecuencia no sabía qué ni cómo contestar.

Creo que fue la noche de la exhibición y la autoconciencia de las vulnerabilidades de López Obrador, el fin de su condición de candidato teflón, blindado contra todo, al que todo se le resbala.

López Obrador pasaba por el peor momento en ese inesperado curso de vulnerabilidad, cuando la amateur antipatía recíproca de sus adversarios vino en su auxilio.

Meade y Anaya se trenzaron en el intercambio más feroz de la jornada a propósito de sus respectivas honestidades.

Durante ese intercambio hubo en el rostro de López Obrador la primera sonrisa, abierta, genuina, convincente de la noche.

Creo que los adversarios de López Obrador encontraron ayer caminos para combatirlo.

Creo que López Obrador entendió que es vulnerable y que Anaya tomó definitivamente la posición de segundo en discordia.

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