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De todo lo que se ha dicho en torno a las consideraciones que tomará en cuenta la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed) para subir sus tasas de interés, una de las que me parece más importante es aquella de hacerlo de una manera pausada.

El banco central estadounidense no duda en utilizar su política monetaria como un instrumento de fomento del crecimiento, porque esa misión está entre sus prioridades.

A diferencia del Banco de México, cuyo único mandato es mantener el poder de compra del peso, allá la Fed debe también procurar el empleo y el ingreso de los ciudadanos.

Es por eso que si se apresura a subir las tasas de interés podría afectar el incipiente y dispar proceso de crecimiento económico. Pero si, por el contrario, se tarda, podrían desatarse las presiones inflacionarias que después requieran medidas más drásticas y radicales de control.

Las evidencias muestran dos cosas: que la economía no tiene todos los motores encendidos y que la inflación está lejos de ser un problema para ese país.

La actividad industrial estadounidense está en el terreno negativo, dentro de ella ni hablar del comportamiento del sector energético en franca crisis, pero también las manufacturas están en el terreno recesivo.

La creación de empleos se ha desacelerado hasta niveles del escándalo del mes pasado de crear tan sólo 38,000 plazas laborales, cuando la expectativa era de 160,000.

Compensan estos datos negativos el consumo privado y el aumento en la confianza de los consumidores. Ahí está el pequeño impulso que mantiene en el terreno positivo el Producto Interno Bruto (PIB) de Estados Unidos.

Si el incremento del costo del dinero tiene que ser gradual y en acompañamiento del desarrollo económico, no hay lógica en que los banqueros de la Fed adelanten que todavía están esperando dos aumentos del costo del dinero este año.

¿Pues, dónde está la gradualidad? ¿Cuál es la prisa de subirle medio punto porcentual en dos entregas antes de la Navidad si ellos mismos están bajando la expectativa de crecimiento de su economía?

Daría la impresión de que doña Janet Yellen y el resto de los tomadores de decisiones al interior del banco central estadounidense se habrían espantado con el Brexit, a tal nivel que fue hasta unánime el mantenimiento de 
la tasa.

Lo que hicieron estos influyentes banqueros fue refrendarse como dato-dependientes, con el añadido de que en este lapso que corre entre su decisión de junio y la siguiente reunión de julio sí se van a fijar en el mundo, específicamente en el Brexit.

Así que, si van a subir dos veces la tasa este año, pues, les quedan las reuniones y posteriores decisiones de política monetaria de julio (26 y 27), septiembre (20 y 21), noviembre (1 y 2) y diciembre (13 y 14). Y sólo dos de ellas, las de septiembre y diciembre, van acompañadas de proyecciones y la conferencia de Janet Yellen.

Es, pues, el nuevo disparo de salida para echar a volar esas especulaciones que tanto le cuestan a los mercados.

¿Qué necesidad de poner los pelos de punta a los mercados con tal amenaza monetaria?